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martes, 4 de octubre de 2016

LA OPERA BUFA DEL PSOE



En toda esta historia de batallas internas que llevamos sufriendo en el PSOE desde 2014, al menos, nos han estado metiendo goles a todos desde el minuto uno. Y lo peor es que con esos falsos argumentos, medias verdades e intrigas palaciegas han estado a punto de llevarse por delante el partido, si es que no lo han hecho. Para la militancia y los espectadores (neutrales o no) puede haber sido una batalla ideológica, de tácticas, de maniobras, de lo que mejor hayan entendido ustedes. Pero, realmente, ha sido una ópera bufa o un sainete (con poca gracia), donde cada actor/intérprete nunca ha sido realmente lo que el papel parecía ofrecernos. Lo mejor para entender esta obra en cuatro tiempos y una coda es hacer un repaso cronológico.

(Aviso que lo que viene a continuación está escrito con vehemencia, aunque respetando la veracidad de los hechos, y con la única intención de situar a cada cual en su verdadero contexto escénico. He evitado casi los análisis para no perturbar el contexto y me remito a la coda para ellos)

Movimiento I: Andante

Cuando Rubalcaba dimite tras el mal resultado de las elecciones europeas de 2014, no sabía que estaba destapando la caja de Pandora socialista. No había nadie realmente dispuesto y con cierta autoridad para coger el rumbo de la nave socialista. Madina llevaba tiempo trabajando y preparando su candidatura para a la presidencia del gobierno (aceptaba una bicefalía con su mentor Rubalcaba y realizar una suave transición a la secretaría general); Pérez Tapias estaba en su decanato granadino y presentando su libro sobre federalismo; Pedro Sánchez estaba en su mundo de apparatachik; Susana Díaz acababa de ser nombrada en Andalucía por aquellos que ahora están imputados en los EREs; y la siempre dispuesta Carme Chacón estaba por esos mundos de dios haciendo a saber qué. Es decir, pilló a todo el mundo con el pie cambiado.

Aún así, tres aventureros decidieron dar el paso de aspirar a la secretaría general, aunque Madina insistió, de forma alegal, que fuese mediante primarias y no de la forma tradicional. Quería saltarse el contar soldados y comprar voluntades y salir aupado por la propia militancia. Pero recuerden que fue Madina quién insistió hasta la extenuación que fuese 1 militante, 1 voto. Hubo, por tanto primarias, y en ellas los rubalcabistas apoyaron a Madina (Fernández Vara incluído) y los demás a Pedro Sánchez porque veían en el vasco a un candidato muy autónomo y con autoridad. Pérez Tapias era el apóstrofe a todo ello, resucitando un sentido y ánimo de izquierdas que se creía perdido en el PSOE. Los madinistas intentaron que ese ala izquierda no pasase el corte de los avales, pero los sanchistas, analizando que les beneficiaba electoralmente, hicieron oídos sordos y validaron los avales.

Llegaron las elecciones primarias y la derecha del PSOE venció con su candidato. ¡Ojo, la derecha del partido! Creyeron, los que apoyaban a Sánchez, que el electo sería mucho más razonable y abierto a las sugerencia que Madina. Vamos más maleable. El Ibex35 ya había colocado con un sueldo de lujo a la esposa de Madina y ahora tenían a un candidato... guapo. En el congreso ratificador hubo reparto equitativo para todos y comenzaba un nuevo tiempo de, se presumía, felicidad para todos. Había triunfado la democracia, se decían para sí con la boca pequeña, y ahora tocaba comenzar la reconquista del poder.

Realmente unos y otros habían puesto la piedra del mal que luego les llevaría a la situación actual. Por parecer más demócratas que Pericles, habían inyectado el virus de la legitimidad, del autoritarismo y de la bronca en el interior del PSOE.

Movimiento II, Allegro ma non troppo.

Comenzó el segundo movimiento con la preparación de las primarias a candidatos y candidatas a las elecciones autonómicas y municipales. Salvo alguna bronca típica entre rivales, todo discurría con relativa normalidad y la ejecutiva, salvo en La Rioja y alguna parte de Galicia (en la que seguían las órdenes y deseos de Pepe Blanco, padre político de Sánchez), no intervino ni en favor, ni en contra de nadie y, aún menos, contra los dirigentes regionales.

Los únicos que daban la nota eran los miembros de Izquierda Socialista, los cuales pasaron su propio calvario por la cabezonería de algunos en no dar un paso a un lado (Vicent Garcés) y las intenciones de los históricos (especialmente los de Madrid) de cargarse a Beatriz Talegón (parte por envidia de su presencia mediática, parte por la ambición desmedida que manifestaba). Por tanto, quedaba un partido con Madina en los cuarteles de invierno y una izquierda muerta por incapacidad propia para articular nada que fuesen los egos y la nomenklatura (y siguen en lo mismo, por cierto). El camino quedaba expedito para Sánchez. Y bien que lo aprovechó.

Cuando todo parecía calmado dentro del PSOE, Sánchez, viendo que las encuestas no repuntaban y que él no calaba entre la población, frente al arrollador nuevo viento de Podemos y C's (obvio pues él era la reencarnación de la derecha del partido), y que se veía incapaz de ofrecer un nuevo discurso, decidió dar un golpe de mano y atizar donde creía contar con mayor apoyo de la militancia, Madrid. Decidió cargarse a Tomás Gómez por unas supuestas irregularidades en el contrato del tranvía de Parla. Se apoyaba en unas supuestas filtraciones del diario El País en las que se afirmaba que llegaría pronto la imputación. Así que decidió disolver la federación madrileña e imponer un candidato y nuevas listas. Que Gómez es un gestor pésimo, sí, pero eso no es óbice para utilizar una prerrogativa, para la que no contó con el Comité Federal, y hacer tal estropicio. Antonio M. Carmona se salvó por los pelos al carecer de candidato aceptable, aunque caería más adelante.

Sánchez utilizó su poder para dar un golpe de estado de Madrid y pasarse la democracia y las preferencias de la militancia por el forro del sombrero. Con esta actuación mandó un recado claro, aunque equivocado a mi modo de ver, sobre quién era el detentador del poder en el PSOE. Los jefes/dirigentes inseguros siempre recurren a este tipo de decisiones autoritarias para refrendarse frente al grupo. En la sociología de los grupos pequeños se ha estudiado en los clanes mafiosos, sectas y pandillas callejeras, cómo aquellos que carecen de auctoritas (por su saber, personalidad, actuaciones destacadas...) recurren a la crueldad y la violencia como punto de inicio de su poder en el grupo. Algunos solo recurren a una vez y otros, siguiendo el ejemplo de los homínidos (vean El nacimiento del Planeta de los simios para observar lo que estoy explicando), hacen de la potestas la base de su mandato.

Las elecciones pasaron y el batacazo fue tremendo. En muchas grandes ciudades se pasó a tercera o cuarta fuerza, pero la proporcionalidad sirvió para salvar la cara mediante acuerdos. Curiosamente aquellos barones que sí tienen auctoritas en sus territorios fueron los mejor parados (Extremadura, Aragón, Asturias, Castilla La Mancha...), pero el golpe fue terrible. La diosa fortuna quiso que, más preocupados por sus acuerdos, las baronías no criticasen en exceso a Sánchez en el comité federal. Hubo algún aviso por parte de Madina (considerado un renconroso), de lo que quedaba de IS y poco más. Esto lo interpretó Sánchez como una victoria de sus tesis y su modo de obrar y decidió convocar primarias para candidato a La Moncloa, sabiendo que nadie podría presentarse en su contra (Susana Díaz estaba a punto de dar a luz). No hubo candidatura alternativa y nadie pudo votar (es lo que tienen las primarias centralistas, oligárquicas y plebiscitarias). Comenzaba la disputa por ganar la elecciones.

Movimiento III: Adagio.

Las elecciones de diciembre de 2015 se presentaban como el momento cumbre o el camino al fracaso de Pedro Sánchez. Ya iba mostrando su prepotencia al hacer la campaña donde obviaba, bastante, a las baronías y centraba todo en su persona. Hubo jaleo al trastocar las listas a su antojo, en especial (¡qué fijación!) en Madrid, donde colocó a Irene Lozano (ex UPyD), la cual había insultado gravemente en el pasado reciente a los socialistas; a Zaida Cantera (ex-comandante de las FAS) y que se ha mostrado como una currante; y humilló a Madina al colocarle en una posición muy atrasada. Pero es que además, si se descuida un poco no pone a ningún candidato del propio partido madrileño. Esto no gustó en el seno del partido, pero por disciplina (mal entendida) se tragó. Y eso que numerosos barones y personas afines a Sánchez le insistieron en que no hiciese sangre a un compañero, bien visto en la sociedad, como Madina. Pero no hizo caso a nadie, pese a haber obtenido el apoyo Madina del 80% de las agrupaciones madrileñas. Quería evitar a un contrincante en el propio grupo parlamentario por si iban mal las cosas. Típico de las personas autoritarias, rodearse de los fieles e incapaces.

Su campaña fue un desastre postulándose como el "hombre del verdadero cambio" frente a Rivera e Iglesias y como el honrado frente a Rajoy. Dijo reiteradamente que no pactaría ni con el PP, ni con populistas, ni con aquellos que querían dividir España. Por favor, recuerden estas promesas. No ganó ninguno de los dos debates. En el debate a cuatro se quedó pálido cuando le insistieron que explicase su modelo federal y no supo, algo que también preguntó Rajoy días después en el debate a dos. Durante toda la campaña se le vio ir a remolque del PP y de Podemos y con un gesto adusto y de cabreo permanente. Un desastre de campaña.

Llegó el día de las votaciones y el PSOE bajó hasta los 90 diputados y perdiendo casi un 10% del voto. Siendo esto malo para un partido de gobierno como es el PSOE, a Sánchez no se le ocurrió otra cosa que manifestar la misma noche electoral que se estaba ante unos resultados históricos. Y no por malos precisamente sino todo lo contrario. Pero en su cabeza ya estaba desdecirse de lo dicho en campaña y mandar sus promesas al garete traicionando al electorado socialista. Ya pensaba en gobernar junto al PP naranja y esperando el apoyo de los "populistas". Y para ello no se le ocurrió otra cosa que pedir carta blanca al partido con el único fin de llegar al gobierno. Ahora no se recordará por la vorágine de las fiestas navideñas, pero así fue.

Le daba igual haber obtenido los peores resultados de la democracia, haber caído a cuarta fuerza en Madrid (su propia papeleta), él se sentía triunfante porque la suma de todos contra Rajoy daba y pedía carta blanca. Luego se vería que esa suma no daba realmente. Solo le quedaba salvar la cara ante el Comité Federal, que se intuía iba a ser muy crítico y le podría pedir la cabeza. Al pedir la carta blanca hizo que las baronías le dijesen que no todo valía para ser presidente del gobierno. Por ese motivo convocó el viernes al consejo territorial y negoció una serie de líneas rojas con los dirigentes territoriales. Ni con PP, ni con independentistas. Al fin y al cabo casi lo que se había prometido al electorado. Por lo que los barones salieron contentos de la reunión y aprobaron el día siguiente el documento. Así pues fue él quien estableció las líneas rojas que tanto ha cacareado. El ansia viva por ser presidente del gobierno le podía.

Como recordarán, una vez el cobarde Rajoy declinó la investidura, Sánchez aceptó probar fortuna... para ir corriendo a los brazos de aquellos con los que más a gusto se encuentra, Ciudadanos (el PP naranja, el centro liberal, o el calificativo que deseen). Negoció en menos de una semana 250 propuestas que tuvieron críticas en el seno del partido. Recuerden los nombres para más adelante. Susana Díaz, Javier Fernández, Eduardo Madina e IS no estaban de acuerdo con gran parte de los puntos alcanzados. Y como veía que le podrían tumbar el acuerdo en el Comité Federal, sacó el plebiscito de la militancia para escapar. Otra vez utilizando a los de abajo en su pelea oligárquica. Evitó el debate (algo muy de su gusto porque no da para más) y realizó una pregunta oscura, incidiendo en que había que apoyarla porque le daría el gobierno al PSOE y a él. La disciplina volvió a actuar y sacó adelante la propuesta con un 80% del 50% de la militancia. Por vez primera dijo "o yo, o el caos".

El debate de investidura le pasó por encima como un panzer alemán y quedó malparado frente a sus otros contendientes. Rajoy le barrió. Rivera defendió mejor que Sánchez la investidura. E Iglesias le sacó de sus casillas pero sin capacidad de reacción. Cuando le achacó la cal viva Sánchez ni defendió al partido, ni a González. Eso olió a cuerno quemado dentro de la militancia (porque esas cosas duelen) y tuvo que salir al siguiente día a pedir perdón.

Para las siguientes elecciones volvió a demostrar su cariz democrático convocando primarias un sábado para entregar avales al viernes siguiente. Ni el aparato del partido casi pudo lograrlas. Según me han contado se validaron las duplicadas en papel y electrónicas, y aumentó el voto electrónico extrañamente los dos últimos días para obtener las 15.000 necesarias. En vez de aceptar, por la premura de tiempo, una confirmación de su candidatura, por la excepcionalidad del caso, del Comité Federal, el cual le podría haber dicho que no, utilizó un mecanismo democrático pero saltándose las reglas del juego. Vamos todo muy autoritario.

Movimiento IV: Vivace ad libitum.

Se celebraron las elecciones del 26-J con el resultado que todos conocen. Otra bajada del PSOE hasta los 85 escaños. Las cuentas en el hemiciclo seguían sin salir, pero el discurso de Sánchez esa noche fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de muchas y muchos en el PSOE. Su alegría se concretaba en que seguían siendo la fuerza más grande "de la oposición", que habían vencido ¡a las encuestas! y para más inri apareció con toda su tropa de fieles para un discurso sin ningún atisbo de autocrítica. hasta en Podemos habían admitido la derrota y el golpe que suponía. Pero el señor Sánchez nos mostraba una realidad paralela.

Insistía en la posibilidad de un gobierno del cambio, pero si antes no había sido posible un acuerdo C's-PSOE-Podemos ¿por qué iba a ser posible ahora? Tres posibilidades cabían para Sánchez: abstención pactada y draconiana; hacerse fuerte en el bunker de Ferraz; o dimitir. Eligió la segunda esperando forzar la situación y conseguir un acuerdo de gobierno. Pero ante todo, quería ver perder a Rajoy una sesión de investidura para no quedar él como el único en la historia que había pasado por ese trance. Su ego por encima de todo.

En el Comité Federal posterior, las baronías y los representantes de la militancia esperaban algún gesto por parte de Sánchez, bien mediante la apertura del debate, bien mediante una dimisión. Todo lo contrario, expuso en su discurso (que hasta en la sal de prensa sorprendió a mal) la posibilidad de gobernar y marcar una época de cambio y regeneración (recordemos que el PP tiene mayoría en el Senado y bloquearía cualquier cambio constitucional), que las cosas no habían salido tan mal porque seguían siendo segunda fuerza y que el PSOE estaba ante una oportunidad histórica. Ni un solo párrafo a la derrota, la asunción de responsabilidades, o una propuesta real de futuro. Él en su mundo.

Las críticas vinieron de todos los sectores, menos sus corifeos. Le pidieron reflexionar y abrir un debate otro día para ver qué se hacía. Pero no quiso escuchar a las baronías y, para dejarles contentos, les dijo que él respetaría las líneas rojas fijadas en Comité Federal del 28 de diciembre. Emiliano García Page salió pálido (literalmente) y el resto de críticos ponían unas caras de no entender nada. Sánchez se bunkerizó en Ferraz y puso en marcha la táctica de autolegitimarse, de radicalización del discurso y de ataque a los dirigentes regionales. Porque al igual que me llegó a mi la información, le debió llegar a él que los críticos iban a destituirle al primer Comité Federal que convocase.

Se fue un mes de vacaciones pero antes engañó a propios y extraños. Les prometió que votaría no en la primera investidura pero que se abstendría en la segunda con condiciones. Se lo dijo a Mariano Rajoy, a Felipe González, a Albert Rivera y a algunos dirigentes regionales. Por ese motivo estuvieron callados hasta que vieron que en la segunda votación el No era repetido.

En ese momento Fernández Vara, que se sentía engañado, pidió abrir el debate en el Comité Federal. Sánchez que sabía que se lo podrían cargar, prefirió esperar hasta después de las Gallegas y Vascas, pero lanzando ataques durísimos a Vara por medio de terceras personas. Este estalló y salieron todos los dirigentes a defenderle, como era de esperar. Ya había obtenido excusas perfectas Sánchez para mantenerse en el poder, pasase lo que pasase en las elecciones. Las cuales fueron otra derrota. Eso sí, antes de las elecciones, el jueves anterior a la votación para ser más concretos, César Luena filtró que ya había una acuerdo con Podemos y los catalanes para investir a Sánchez como presidente. Un bulo que fue rápidamente desmontado por los periodistas que cubren la información del PSOE. Porque fueron tan estúpidos que pasaron el bulo a quien no debían.

Pasadas las elecciones, Sánchez no solo no dimitió sino que intentó dar un autogolpe de estado en el PSOE. Tras llamar sulbalternos a los dirigentes regionales (escuchen su rueda de prensa del lunes) quitándoles toda legitimidad, convocó, nuevamente, unas primarias exprés (a realizar en menos de un mes) y un congreso ad hoc a su causa. Esgrimió que él estaba legitimado por la militancia y que para abrir el debate, nada mejor que lo debatiesen quienes le legitimaban a él. Yo, yo, yo, yo... egocentrismo puro y duro. Los críticos reaccionaron y ya saben todos lo que ha pasado. Bronca, bochorno, peleas, puñaladas y dimisión de Pedro Sánchez. El viernes antes de la bronca, cabe recordar, que Luena y Óscar López estuvieron llamando por teléfono a los miembros del Comité Federal para saber con cuántos soldados contaban. Al ver que eran insuficientes, decidieron que Sánchez diese una rueda de prensa exprés y de forma maniquea volviese al "Yo o el caos". Esta vez ganó el caos.

Coda.

Con el relato cronológico, matizado cuando era preciso, pretendo, primero, contextualizar la actuación de Sánchez; segundo, ver que las bases han importado poco en este período; y, tercero, observar que las legitimidades y las culpas están repartidas entre todos. Sin duda Sánchez y sus corifeos son los mayores culpables por enrocarse, bunkerizarse y fisurar como nunca al partido por un anhelo personal. Pero las baronías no quedan exentas de culpa por no haber actuado antes y no haber sido claros. Aquí van algunas conclusiones.

1.) Pedro Sánchez entiende que su legitimidad de las bases (recordemos que solo le voto el 33% real de la militancia) es una carta banca para actuar. Según su punto de vista, puramente bonapartista, la unión de su persona y la masa le legitima para actuar a su libre albedrío hasta el siguiente congreso. Y si tiene dudas, con realizar una consulta sin debate y sin oposición, y de modo plebiscitario (o me hacéis caso o me voy), es suficiente para ser democrático. Como él mismo afirmó el lunes 26 de septiembre, el partido debe, después de las primarias, estar unido y ser totalmente fiel a su secretario general. Esto es, una vez elegido no hay contrapoder democrático a su voluntad. Y lo increíble es que hay personas que, bajo el febril entusiasmo para-democrático, le compra el cuento. ¡¡Pero si os está vendiendo una dictadura unipersonal!!

2.) Sánchez y sus corifeos manifestaban que, puesto que él había sido por la militancia, debía ser la militancia la que le quitase. Esto es hacer trampas en el solitario porque en los estatutos no hay ninguna regla que dictamine cómo hacer eso. Y claro, mediante primarias es engañar porque no es que te quiten, sino que confían en otra persona que no eres tú. Y si no hubiese habido la obligación de convocar congreso ¿durante cuatro años qué primarias o mecanismo podría utilizar la militancia para quitarle? Ninguno. Pero es más. Salvo en las primarias donde fue elegido secretario general, las demás han sido subvirtiendo el propio reglamento de primarias e imposibilitando la presentación de alternativas. Están diseñadas de tal forma que o bien eres parte de la oligarquía del partido, o bien no te puedes presentar. Realmente, con esta defensa de las bases ¿dónde quedan las bases? En su casa esperando a que las llamen a votar cada cuatro años. Eso no es democracia participativa sino bonapartismo.

3.) Si Sánchez tiene una legitimidad de origen, que no de acto cuidado, las baronías tienen la misma legitimidad que él. Todos han ganado elecciones primarias y/o congresos para ser lo que son. Es más, muchos de ellos tienen la legitimidad de acto porque han ganado elecciones y él no. Así que tan legitimados para hablar y actuar dentro del partido están.

4.) El Comité Federal es el Parlamento de los socialistas elegido en el Congreso Federal por los militantes allí representados y por los Congresos Regionales de la misma forma y manera. No les han votado unos señores que pasaban por allí, ni el Ibex35, sino militantes. Y como Parlamento tiene el poder de contrapeso a las decisiones de la Ejecutiva y el secretario general. La división de poderes, ese producto tan necesario y que se reclama para el Estado como democrático, parece que no lo es tanto dentro del PSOE según los sanchistas. Lo que es sospechoso de poco democrático pues desligitiman al poder legislativo socialista.

5.) La democracia y las opiniones de las bases poco le han importado a Sánchez, como hemos visto, durante este período. Vimos como las opiniones de los militantes de Madrid fueron disueltas, o las de La Rioja, o las purgas de listas. Sánchez ha hecho y deshecho a su antojo cuando ha querido, teniendo un comportamiento más autoritario que democrático.

6.) Los barones son culpables de no haber sido claros por no parecer los malos (lo han acabado pareciendo) y pensar más en ellos que en el partido. Si querían una abstención, por cuestiones financieras de sus comunidades autónomas y ayuntamientos, tendrían que haberlo dicho así de claro. Una postura racional puede ser perfectamente comprensible para la militancia y la ciudadanía, aunque no la compartan. Si explican que se pueden perder, con dato, inversiones, proyectos sociales, etc., el común posiblemente se resigne. Pero han hurtado ese debate claro y conciso. Es más, ellos no abrieron la posibilidad del debate cediendo a los deseos de Sánchez. Con un tercio de los miembros podían haber convocado un Comité extraordinario para eso. Es cierto que Sánchez les engañó regalándoles los oídos, pero que hubiesen sido valientes. Así se habrían ahorrado este espectáculo lamentable.

7.) Sánchez ha jugado con la ilusión y esperanza de la militancia y la ciudadanía de izquierdas, al insinuar unos acuerdo que nunca ha tenido cerca de la mano. Si él hubiese querido, lo hubiese cerrado en la anterior legislatura. O lo hubiese cerrado en julio y haber esperado a la investidura para anunciarlo. Pero no, todo era mentira y juegos de manos para engañar a buenas gentes que confiaban en él. Aunque radicalice sus palabras, él es el verdadero representante de la derecha del partido socialista y del Ibex35. Recuerden que proviene de los balbases (los del tamayazo) y de la cuadra de Pepe Blanco. ha utilizado el No es No para ganarse de manera torticera a la militancia. Pero le ha salido mal.

8.) Tampoco los barones tienen unos ánimos democráticos mayores. Están deseoso de acabar con las primarias para las secretarías generales (invento de Rubalcaba e imposición de Madina) y que todo se resuelva en los Congresos. Porque allí se cuentan soldados y se pueden comprar voluntades con mayor facilidad. Y, además, su modelo de partido es completamente feudal y de vasallaje. Quieren unas federaciones fuertes, rendidas al señor de turno y un partido con un primus inter pares de secretario general. Un igual al que dirigir si hace falta.

9.) Si el debate ahora en el PSOE es debatir entre el bonapartismo del secretario general y el feudalismo de los barones, lo mejor que se puede hacer es cerrar el chiringuito o volver a los antiguos estatutos pre-Zapatitos. No había primarias, pero mandatabas a unos delegados, podías presentar listas alternativas a todo y para todo y, curioso, podías presentar una alternativa al secretario general sin avales, solo con el expreso deseo. No solo están acabando con la ideología socialista, sino que están masacrando la esencia del propio partido por personalismos. Además de personas que, en su mayor parte, no han trabajado fuera del partido y sus alrededores. Sospechen de primarias y demás elementos oligárquicos que vengan a imponerles. Por magnitud no hay posibilidad de democracia directa con debate y diálogo. 

PS. Verán que pongo una foto reciente al principio y otra más antigua al final. En la actual solo hay personas que viven de la política, en la segunda hay políticos. Y en ambas ocasiones había una gran crisis en el partido.



martes, 19 de abril de 2016

PSOE-PODEMOS: UN MISMO OBJETIVO DIFERENTES ESTRATEGIAS



En vista de que vamos a nuevas elecciones, salvo cataclismo cósmico, muchas y muchos se preguntarán por qué el PSOE y Podemos no han podido llegar a un acuerdo de gobierno. Si se analizan los programas electorales, las coincidencias son amplias y las divergencias realmente salvables. Si el problema fuese de personas habría que decir a las organizaciones y a esas personas que diesen un paso atrás en beneficio de la sociedad. Una sociedad que no está dispuesta a aguantar egoísmos mientras lo está pasando mal. Y todo ello porque objetivamente se dirigen a las mismas personas, el PSOE un poco más escorado a la derecha y Podemos un poco más hacia la izquierda. Incluso se podría decir que Podemos es el PSOE del año 1979. Por tanto, si yo me lo pregunto creo que otras personas también estarán con el por qué en la cabeza.

Tras darle vueltas, analizarlo con cierta profundidad y quitándome mis propia máscara ideológica, creo haber encontrado el hecho diferencial que imposibilita el acuerdo. Chocan por el posicionamiento y la estrategia política frente al sistema actual y el devenir histórico. Es decir, la contingencia es resuelta de forma diferente y con una visión futura distinta. Las políticas públicas a implementar podrían ser las mismas pero la finalidad no. Para el señor Sánchez, la ejecutiva del PSOE y las baronías el acuerdo con C's puede cumplir perfectamente las expectativas interclasistas que lo impulsaron. Esto es, frente a la contingencia de la crisis del capitalismo suturar la herida para salvar el sistema. Para Podemos, sin embargo, no hay que suturar la herida provocada por las contradicciones y la contingencia ya que es la única forma de superación del sistema. Por eso ni para la formación morada ni para el 21% de la militancia socialista el acuerdo es aceptable.

Ya los clásicos del marxismo post-Marx habían advertido que el proletariado o la clase trabajadora, como prefieran, no tenía una conciencia de sí misma respecto a su posición en el sistema y el devenir histórico. Parte de ello es el debate de conciencia en sí y para sí, sobre lo que no abundaré. También fueron dándose cuenta de que la historia no tenía por qué generar en la clase trabajadora al sujeto histórico revolucionario. En sí la historia no seguía una secuencia lineal tal y como habían afirmado Marx y Engels (y algunos pensadores liberales). Al contrario, pensadores como Bernstein, Bloch o Gramsci supieron ver que no había unidad y sí que existían posiciones fragmentadas dentro de la clase trabajadora. No solo intervenían factores como nación (en esto los austromarxistas fueron pioneros), cultura y/o religión, sino que también dependiendo de la posición de cada persona en el proceso productivo (aunque no se produzca nada en sí como ocurre en los trabajos burocráticos) existía una autoubicación distinta. El invento de la "gran clase media" es producto de este devenir histórico, por ejemplo. Por tanto, el llamamiento de los partidos de izquierda hacia la unidad de acción debía situarse en otro lado o en otro sentido. Los partidos socialistas y socialdemócratas fueron avanzando por la senda del interclasismo y los partidos comunistas por el camino del abismo. Existe numerosa literatura sobre ello y no insistiré en ello. Sin embargo, es obvio que frente a una unidad y conciencia de clase de la coalición dominante del bloque en el poder, existía (y existe) una diseminación, en parte natural, en parte provocada, de la clase asalariada. Una disgregación de pensamientos que aumentó con la entrada de nuevas demandas sociales como el ecologismo, el feminismo, el desarrollismo, etc. Todos los partidos fueron convirtiéndose en catch-all o atrapalo todo. Es decir, se manejaban en distintas variables y no solo en izquierda-derecha.

A esta situación de diversidad habría que añadir el cambio en el concepto de democracia representativa que se ha ido realizando. El sistema democrático ya no es visto como un sistema donde el demos es considerado soberano y donde la participación (por mínima que sea) genera ciudadanos y ciudadanas en su amplio sentido. No. Ahora la ciudadanía es considerada como una miríada de personas maximizadoras de las oportunidades que genera el sistema político para su plena satisfacción. Es decir, se aplica la lógica del mercado al sistema representativo liberal. Se constituye un sistema que es capaz de generar un equilibrio general enviando las demandas no-sistémicas fuera del propio sistema. Se pasó de un sistema, en teoría, de representación de intereses a un sistema de oferta y demanda. Un sistema falso como bien explicó C.B. Macpherson en su libro La democracia liberal y su época. Todas las teorías pluralistas y de elección racional no son más que justificaciones y legitimaciones de este modelo de democracia mercantilista.

Bajo estas premisas de diversidad y de democracia de equilibrio es donde juegan PSOE y Podemos, y respecto a ello es donde se encuentran las diferencias que pueden impedir un gobierno de coalición. Podría calificar cada posición como contingente o adaptativa para el PSOE y desarrollista o evolutiva para Podemos. El PSOE se adapta a la contingencia de responder a un sujeto político diversificado como lo harían unos grandes almacenes. Ante diversas demandas de "productos", propone ofertas para todos y todas las posibles compradoras. Si alguien es ecologista le ofrece desarrollo sostenible; si alguien feminista, igualdad efectiva; si alguien humanista, propuestas sociales; si alguien nacionalista unidad nacional y federalismo; etcétera. De esta forma va construyendo un discurso con distintos agregados sin importarle las contradicciones y sin tener un análisis social profundo. Como en un supermercado va llenando los estantes con productos diversos en distintas secciones para el consumidor político. Con esta estrategia espera ser el comercio político que más clientes atraiga, dejando su ventaja competitiva a un residuo histórico. Pablo Iglesias, Julián Besterio o, incluso, Felipe González son fotos colgadas en la pared de los fundadores y los continuadores de la empresa. Se apela a la tradición para establecer ese factor diferencial entre los demás competidores. Se maneja en la contingencia política mediante la adaptación a las circunstancias imperantes y mercantiles.

Por su parte Podemos, pese a actuar en un sistema político tipo mercado, tiene otro propósito y otra estrategia. Con razón se les ha calificado de populistas, porque lo son. Pero no en el sentido peyorativo en que se ha afirmado. los y las integrantes del partido morado son conscientes de esa diversificación existente entre la clase asalariada como dijeron los autores clásicos del socialismo. Mas su intención representativa no se encuentra inscrita en el puro mercadeo, existe un fuerte componente ideológico, teórico y grupal que les lleva a ser transversales, que no interclasistas. A pesar de que también, como parece lógico, utilicen los mismos mecanismos de mercadotecnia que los demás partidos. Provenientes de la tradición gramsciana que acaba expresándose en Ernesto Laclau y en Chantal Mouffe, lo que pretende la dirigencia de Podemos es representar esa diversidad de opiniones del sujeto histórico llamado a cambiar el orden actual. Para ello hay que conformar un bloque hegemónico donde confluyen esas diferentes perspectivas y anhelos de un mundo mejor y una superación del orden capitalista. Por ello son partidarios de una democracia radical y agonística. Esto supone ir acercando el cratos cada vez más al demos. Es decir, acercar al pueblo a los distintos recipientes de poder del sistema capitalista. Cambiar la poliarquía pluralista liberal y mercantil actual por una verdadera democracia. Por eso su visión agonística no entiende de competidores en el mercado político sino de adversarios en la consecución de los distintos cambios sistémicos que se necesitan.

Por esto Podemos no podía firmar nada con C's, porque esa firma sería un chalaneo mercantil (como el que ha hecho el PSOE, por cierto) con un adversario político que pretende asegurar las partes más importantes del sistema capitalista. Esto no lo ha entendido el PSOE porque se encuentra en plena subasta y compra-venta de políticas públicas. Por no entender este cambio social que pretende Podemos, el PSOE está haciendo el juego a la coalición dominante como miembro casi integrante del bloque en el poder. Cuando  en Podemos critican a los partidos del turnismo lo hacen porque PP y PSOE son fuerzas mercantiles de ese bloque en el poder que ejerce la hegemonía en España (y el resto del mundo). Podemos aún puede pactar reformas con el PSOE por cercanía ideológica y porque entienden que podrían atraerle hacia ese bloque hegemónico de cambio sistémico, no tanto por la dirigencia socialista como por las bases y los votantes. Pero nunca juntándose con un representante de la coalición dominante, ni mercadeando reformas. Y esto parece, igualmente, que no lo han entendido en Ferraz aún.

Oír a César Luena decir que igual el PSOE debería virar más a la izquierda hace sonrojarse a Izquierda Socialista (la corriente de izquierdas del PSOE) y a cualquier analista político serio. Ya no valen esos trucos del mercadeo y marketing. Si a Pérez Tapias le calificaron de radical durante la campaña de primarios, ¿vamos a creer que ahora la derecha del PSOE va a cambiar? No. Siguen sin entender que Podemos tiene fuerza por un posicionamiento ideológico, no por una oferta mercantil. Su "ventaja competitiva" es que lo que dicen lo llevan dentro y lo que pudiera decir la dirigencia socialista no se lo creen ni ellos ni ellas. Más le vale al PSOE comenzar a reconstruir su ideología y hacer caso a Izquierda Socialista, aunque sea por error. Y Gramsci cuando dijo que "la voluntad colectiva es resultado de la articulación política-ideológica de fuerzas históricas dispersas y fragmentadas". Esto lo han entendido en Podemos, en el PSOE no.

PS. La foto del artículo es de Nicos Poulantzas el gran olvidado del pensamiento socialista radical.

viernes, 8 de abril de 2016

PEDRO SÁNCHEZ CULPABLE Y DIMISIÓN



Se acabó lo que se daba. Parece que, salvo cambio radical, vamos a unas elecciones generales el 26 de junio de 2016. Culpables en sí son todos los partidos políticos mayoritarios por no haber sabido dialogar con humildad. Pero si alguien tiene la mayor culpa de todos los responsables políticos es Pedro Sánchez.

Albert Rivera, como bien ha manifestado, ha cedido todo lo que podía ceder con el PSOE. Son liberales y nacionalistas y es lógico que tengan ciertos límites hacia la izquierda. Engañó a Sánchez de manera obvia pero no va a ir más allá del acuerdo firmado. Obvio.

El presidente plasmagórico bastante tiene con sus sobresueldos y toda la corrupción de su partido. nadie le quiere como es lógico. Así que a sentarse y a esperar. Nadie esperaba nada del PP. Ni regeneración, ni salirse de su línea de apoyo a la coalición dominante del bloque en el poder. Son un partido oligarca y católico y así van a seguir siendo.

Podemos, pese a su exceso en las formas (algo que les penaliza en muchas ocasiones), ha cedido en sus planteamientos iniciales y ha aceptado una reunión a tres. Pero no cede en sus posicionamientos ideológicos como era de esperar y desear. No van a permitir que les chuleen ni que les hagan tragar sapos. Bastante que han decidido convocar a sus inscritos para que les digan, mediante consulta interna, si apoyan o no el acuerdo C's-PSOE. Salvo colapso mental de los inscritos y las inscritas el voto será negativo.

Ahora bien, Pedro Sánchez sí que sale de todo este paripé como gran derrotado y como culpable de esta situación. Hizo una apuesta y le salió mal según parece. Desde el minuto 1 pudo haber llegado a un gobierno de izquierdas y no quiso o no pudo. Ya planteé en mi post anterior que se le vio muy rápido en pactar con C's y muy reticente a hacer lo mismo con una alianza de izquierdas. Igualmente dije que supongo que el cuerpo le pide eso mucho más. Así solo suman 130 diputados y ya se rechazó en el Congreso. ¿Por qué insistir?

Antonio Hernando ha sido muy claro esta mañana en Espejo Público: "Solo cabe la vía 199 (C's-PSOE-Podemos), ni es posible la vía 130 (C's-PSOE), ni la 161 (PSOE-Podemos-IU-Compromís)". Es más se ha reafirmado en que ni iban a intentar la posibilidad 161. Por tanto, ahora de nada sirve echar las culpas a tirios y troyanos. Que asuman su derrota y se vayan a su casa. Han fracasado y deben dimitir.

Y creo que Pedro Sánchez es culpable por los siguientes motivos. Primero, por su incapacidad negociadora con el resto de la izquierda de este país. Como estrategia, flirtear con C's podía tener su lógica para rebajar los humos y las peticiones de Podemos. Pero por la esencia del mismo PSOE y lo que opinan sus bases (las cuales fueron engañadas en la consulta realizada) debía haber abandonado a los ultraliberales y haber iniciado otro camino que nunca ha querido llevar a cabo. No sabe negociar con la izquierda por miedo a quedar como un liberalote. Vamos lo que realmente es. Y más cuando piden algo lógico como una consulta a la ciudadanía catalana. Negando ese aspecto, niega no solo los derechos de aquellos que se siente más catalanes, sino la de aquellos que se sienten españoles y quedan al albur de las locuras de los independentistas.

Segundo, es culpable porque no ha tenido arrestos para enfrentarse a los barones y la condesa-duquesa de San Telmo. No ha hecho valer su legitimidad que había sido conferida por la militancia socialista frente a legitimidades menores. A él lo eligieron todos y todas las militantes del PSOE. A los demás solo una parte. Tan solo ha intentado ir salvando su cara en los diversos frentes que se ha encontrado. Así que lo que le ocurra es culpa suya.

Tercero. Es culpable de que se repitan las elecciones porque ha engañado a la militancia socialista. Nunca ha tenido capacidad alguna de formar gobierno porque él no ha querido. El malísimo acuerdo con C's no resultó. Y pidió en el último Comité Federal más tiempo para mirar otras vías de negociación que no eran factibles desde hace tiempo. Él sabía que con Podemos no iba a acordar nada. Salvo que se bajasen los pantalones morados y tragasen con todo no había acuerdo posible. Y no por culpa del referéndum o de los puestos en el gobierno (algo lógico por otra parte). Sino porque sabían que el tema económico que les pone realmente a la dirigencia socialista es bien distinto al de Podemos. Porque la reforma laboral que les mola es diferente a la de Podemos. Porque pasan de la educación salvo en el aspecto público. Porque viven solamente por el cargo y para el cargo. Por eso ha estado engañando a la militancia socialista.

Por estos motivos, y todos los que vengo explicando en este blog, el señor Sánchez debe dimitir, junto a todo su equipo, y dejar paso a otra candidatura socialista. ha demostrado su completa incapacidad. Así que mejor que pase el o la siguiente.

lunes, 28 de marzo de 2016

PEDRO SÁNCHEZ: UNA NUEVA DECEPCIÓN



He estado resistiéndome a escribir sobre el personaje por si al final saltaba la sorpresa y la realidad o algún proceso místico le hacía recapacitar de sus posiciones de partida. Pero no. Pedro Sánchez vaga por las lacónicas praderas de la política española como vagaba Alonso Quijano junto a su escudero Sancho Panza. Y donde en éste había locura y cierto utopismo en aquel no hay más que la nada más profunda. Donde en don Quijote había cierto punto de locura por una época que se iba, en Sánchez no hay más que un débil intento de salvar su pellejo político (y tampoco es seguro que lo vaya a conseguir).

La posible ilusión por un gobierno de izquierdas quedó difuminada hace tiempo ya. Para algunos cuando firmó el acuerdo con C's y para otros por la desidia mostrada por el interfecto. Aunque hubiese un acuerdo, que veo ya lejano, con Podemos y demás grupos de izquierdas ya nada va a ser igual. Porque, entre otras muchas cosas, no se le ve con ganas de llevarlo a cabo en el propio rostro. Si se dan cuenta desde, incluso, la firma del acuerdo con el ultraliberalismo español, la cara de Pedro Sánchez ha perdido brillo y la sonrisa parece impostada. En diferentes entrevistas o durante los paseos que está dando por España (no sabemos muy para qué), Sánchez aparece rígido, a la defensiva según su expresión corporal y con un semblante demudado. Parece que las fuerzas le van abandonando poco a poco. No porque vaya a fallecer o porque esté cansado por el esfuerzo realizado (tampoco parece que se haya matado trabajando a tenor de los resultados). La energía que transmitía cuando le encargaron la formación de gobierno ha desaparecido y esa sensación se transmite a la ciudadanía.

Nunca tuve confianza en que esta persona fuese a posicionar al PSOE en un marco ideológico socialdemócrata potente, pero esperaba que frente a unos resultados como los producidos el 20 de diciembre de 2015, sí fuese valiente para apostar por un gobierno hacia la izquierda. Pero no, en su cabeza, por mucho que digan, nunca estuvo ese pacto como primordial. Cuando comenzó las negociaciones y avanzaba con C's pensé que se trataba de una estrategia para hacer la envolvente a Podemos y que bajasen su nivel de crítica y a Pablo Iglesias para que fuese menos prepotente. Pero no tardó ni cinco minutos en firmar un acuerdo de derechas mientras estaba a la mesa con la izquierda. Y lo que podía ser estratégico, resultó que era pura convicción y estar más a gusto con la derecha.

Ideológicamente jamás Sánchez se ha caracterizado por ser un socialdemócrata profundo, sino como lo fue Rodríguez un liberal humanista o un liberal radical. Esto es, un liberal con ciertas inclinaciones sociales o un buenista o un new ager, pero nunca un socialdemócrata. Sánchez es parte de esa miríada de personas que pueblan el PSOE y que están es ese partido porque en la derecha no podrían estar (por cuestiones familiares, por cuestiones del alma, o por cuestiones de solidaridad humanística), pero en ningún momento cuestionan al capitalismo en sí, solo quieren parchearlo para evitar las más graves consecuencias, a simple vista claro está, que provoca. Son personas que al no existir antes C's vieron en el PSOE un buen lugar donde estar porque cubría sus expectativas de integración en el sistema y de humanismo cristiano. Por este motivo la poca izquierda que sigue habiendo en el PSOE jamás pasó del 20% y lo extraño es que aún siga moviéndose en ese porcentaje. Pablo Iglesias se equivoca al hablar de las dos almas del PSOE. Para desgracia de muchos y muchas el alma de la izquierda hace tiempo que es poco más que ese 20%, el resto del partido o es demasiado mayor como para manifestarse en contra de la dirección o está formado en ese sentido liberal humanista que sale huyendo de todo aquello que suponga un gran esfuerzo analítico y de cambio (gradual) del sistema capitalista.

Cuando habla de progresismo Sánchez, y el resto de la dirigencia del PSOE, al igual que cuando habla de la clase media trabajadora se intenta converger mediante con la izquierda. Pero progresistas también pueden ser los liberales, los radicales, los ecologistas, los neomarxistas, los frankfurtianos, etc., el matiz reside en qué significa progreso para cada uno de esos grupos. Por tanto cuando dice que va a hacer políticas de progreso no quiere decir que vayan a ser de izquierdas porque el progreso material nada tiene que ver con el progreso de la persona o de la humanidad o del cambio de sistema, por ejemplo. Tampoco es para sorprenderse esta carencia en el secretario general del PSOE, eso ya lo sabíamos desde que se presentó a las primarias. Se le eligió, no por guapo como algunos maliciosamente dicen, sino porque siendo un "niño" del propio sistema servía a los recién llegados a los poderes regionales como legitimación frente a la vieja guardia. Eduardo Madina era el claro representante de esa vieja guardia (Rubalcaba le preparó las primarias para tal efecto como se las ponían a Fernando VII) de la que se querían ir separando los barones y la condesa-duquesa de San Telmo. Y nada mejor que Pedro Sánchez para legitimarse en sus nuevas posiciones. Vamos que la chicha del caucus socialista era lo viejo y lo nuevo dentro de la misma posición de centro, de liberalismo humanista. Pérez Tapias con su propuesta hacia una izquierda socialdemócrata era visto como Belcebú porque ni ayudaba a legitimar las nuevas posiciones, ni su ideología era compartida por la dirigencia y los cuadros del partido.

Si ideológicamente es imposible ver a Sánchez a la izquierda (ni en el centro de su propio partido) sus actos ¿podrán decirnos algo? La firma tan rápida del acuerdo con C's ya nos indica que Sánchez se encuentra más cercano a las posiciones del liberalismo que del socialismo sin duda. Aceptar ese proyecto económico y social ya le sitúa a él y a sus conmilitones a la derecha del PSOE que ya de por sí es de centro izquierda... así que casi podría decirse que estarían más a gusto en C's que en el PSOE si no fuese por el buenismo o el humanismo grecolatino (por no decir cristiano). Ni ha intentado llegar a un acuerdo con Podemos según han demostrado los hechos. Bien es cierto que la prepotencia de Iglesias y algunas palabras de más pueden haber dificultado la negociación, pero es que no han puesto mucha "ilusión" por entenderse (por ambos lados incluso). Esto ya nos indica algo de la comodidad ideológica de Sánchez y más cuando va cogido de la mano de Rivera para intentar cerrar acuerdos.

Otro de los actos destacados de Sánchez fue la laminación del PSOE de Madrid. Bajo una serie de argumentos baladíes y prefabricados se decidió acabar con la ejecutiva de Tomás Gómez. Las formas fueron poco democráticas y se saltaban lo determinado en los estatutos del partido. Bien es cierto que cualquiera que llega nuevo a una posición de poder como la obtenida por Sánchez, intenta en cierta forma asentar su poder de algún modo, pero en su caso fue nada democrática. Además las causas peregrinas que eximieron nos dan a entender que había otras causas internas que no se explicaron. Gómez apoyó a Sánchez así que por ese lado no tendrían que haber tenido problemas. Es más sigue siendo miembro de su ejecutiva. Sabemos que lo del tranvía de Parla, aún basado en ciertos datos de malísima gestión y posible cohecho, fueron manipulados por cierto grupo mediático para apoyar la decisión que se tenía tomada desde hace tiempo. Que las encuestas fueran penosas tampoco es ningún indicativo y más cuando eso se sabía antes de haberse presentado Gómez a las primarias. ¿Dónde estaba entonces el elemento de fricción? En la mala gestión de Gómez al frente del PSOE de Madrid con un pufo de casi dos millones de euros; por haber laminado agrupaciones porque estaban en su contra; porque tras haber perdido las anteriores elecciones autonómicas no hizo nada; por la no presencia mediática y haber dejado a las mareas y a los sindicatos casi abandonados; y, creo que esto fue fundamental, por haber amenazado y utilizado su poder para impedir que hubiese una candidatura alternativa a la suya como candidato (de hecho varias personas de esa candidatura ya no están dentro del PSOE).

Esto nos ayuda a entender la posición ideológica de Sánchez. Se mueve tan solo por poder y cargos bajo una pátina de humanismo. Pero es que el propio personaje ha demostrado una gran carencia de recursos propios en las distintas vicisitudes a las que se ha tenido que enfrentar. En primer lugar, y al igual que sucede con los demás políticos y políticas de España, se dedica a recitar los mantras del laboratorio de su ejecutiva. Lo malo es que no sabe salirse de ellos (como le sucede a Rivera, por cierto), no tiene capacidad de reacción y de salirse del guión establecido. En segundo lugar, y derivado de los anterior, en el debate de investidura se le vieron todas las costuras al traje de dirigente. No solo es que llevase las contrarréplicas preparadas de casa (que eso es de político mediocre) sino que frente a los ataques al PSOE de Iglesias no supo reaccionar con contundencia. Se mostró mohíno y descolocado. Desde luego los militantes del PSOE se sintieron huérfanos en ese momento y seguramente la mayoría de los votantes. Se demostró que no tiene cuajo político, que solo una sonrisa no se va a ningún sitio. Algo que es el prototipo de cuadro que ha venido generando el PSOE en los últimos tiempos. Mantristas sin ideología y más preocupados de colocarse que de defender a la ciudadanía. Y en tercer lugar, lo que para mí es más sorprendente, es su nula capacidad para manejarse en el debate económico (tanto micro como macro) siendo él doctor en Económicas. Si le observan tiene dificultades para hablar en términos económicos y rebatir los datos generales. Es algo que me ha sorprendido desfavorablemente, su incapacidad para debatir económicamente. Así no te entiendan nada más que los entendidos, pero de cara a la galería quedas bien e incluso puedes humillar al contrario. Pero ni eso.

Claro que solo con ver la trayectoria de Sánchez es comprensible todo lo que he detallado. Es un producto de las senectudes socialistas que se preocupan más por no molestar y pasar desapercibidos para poder situarse en los cargos que en defender el socialismo. Ha sido renovador de la base de Balbás (sí, el del tamayazo), ha estado con el "gran ideólogo del zapaterismo" y destructor del PSOE José Blanco... vamos lo mejor que ha dado el PSOE pero que le ha servido para irse colocando de concejal, de asesor en la UE y diputado (al tran tran bien es cierto). Por tanto no es de extrañar su poco poso ideológico, pero sí su escasa virtud estratégica. Porque en este aspecto, incluso, es torpe porque se le ve la jugada. Ahora quiere retrasar el congreso del PSOE para ver si así logra o bien formar gobierno o bien salvarse como candidato a las posibles elecciones. Y más cuando parece que la condesa-duquesa de San Telmo va a cruzar Despeñaperros como César cruzó el Rubicón. Alea jacta est.

Igual hasta logra formar gobierno por salvar sus posaderas pero la decepción que ya ha generado en la militancia y en la ciudadanía que le votó creo que no va a desaparecer. Solo las ganas de que el presidente plasmagórico, sobresueldos y escondido deje de serlo le salvaría. Pero que nadie espere un giro a la izquierda de esta persona porque en su fuero interno no está ese poso ideológico. Igual acaba en C's de la mano de su socio Rivera. Ojalá por el bien del PSOE y de la izquierda patria.

martes, 16 de febrero de 2016

IGLESIAS: UN SOLIPSISTA A LAS PUERTAS DE PALACIO


Llevo un tiempo resistiéndome a creer lo que me estaban transmitiendo los sentidos respecto a Pablo Iglesias. Pensaba que estábamos ante una sobre-actuación dirigida a llamar la atención entre tantos temas que aparecen en los medios de comunicación desde hace unos meses. Pero el personaje al final me está sobrecargando las neuronas. Y mi resistencia inicial ha tornado en un intento de análisis de la esencia del personaje, no tanto por salvarle a él, que me da lo mismo, como de separarle de un movimiento creativo, de magníficas intenciones y de izquierdas. Y creo poder afirmar que el personaje central puede acabar con la magnífica construcción coral que suponía Podemos. He pasado años analizando poliédricamente a numerosos líderes y dirigentes de distintas épocas, lugares y espacios, tanto como cuando desarrollé mi propia tesis doctoral como posteriormente por mor de mi trabajo. Y este tipo de comportamiento ya lo he visto antes y no suelen terminar bien. Acaban devorados por el propio personaje. Hasta la mitología griega hablaba contra el pecado de la hybris (soberbia) de los héroes mitológicos. Y en el caso de iglesias me ha hecho encender todas las alarmas la rueda de prensa ofrecida, para presentar a la prensa, el contenido del documento de negociación con el PSOE para poder formar un gobierno de izquierdas.

Recuerdo que cuando fundaron Contrapoder en la facultad de Políticas y Sociología no eran más que otros tantos de los que estábamos por allí con cierto compromiso político. Había que hacer ruido para que te prestasen un mínimo de atención la maraña de estudiantes que deambulaban por los pasillos. Siempre los vi como a unos niños y niñas de la decana y de su vicedecano (y no me equivoqué). Nada nuevo bajo el solo. Pero al cabo de los años observo una gran transformación personal del personaje. Y no es tanto el aparentar y el aparecer como la psicología profunda que transmite.

A lo largo del tiempo han existido líderes y dirigentes que o bien han sabido delegar o bien han sido controladores. Churchill y Steve Jobs querían estar al tanto de todo lo que les rodeaba y pasaba bajo sus narices. Otros han tenido el mérito de delegar y mantenerse informados de todo pero concediendo libertad debido al saber o al exceso de responsabilidades. Felipe González sabía delegar y estar informado, por ejemplo. No, Esperanza Aguirre no pertenece a las personas que saben delegar sino a las estúpidas según parece. Pues dentro de ese arco de los controladores se encuentra Pablo Iglesias. Este aspecto controlador no tiene nada que ver con su procedencia comunista o bolchevique, eso queda para otros lares como veremos, ni producto del leninismo y culto al líder como afirmaba Antonio Elorza (él lo ha sufrido en el departamento de la Universidad y debe conocer al personaje). Es una característica totalmente particular de la persona. De ahí su propuesta de que las futuras secretarías de Estado contra la corrupción y el crimen organizado y la de derechos humanos dependan de la vicepresidencia que, en principio, él ocuparía. Quiere controlar sus ideas y su plasmación no tanto porque el gobierno no vaya a ponerlas en práctica, para eso forman parte del gobierno, sino porque son suyas.

Si se detienen a analizar los programas de La Tuerka o Fort Apache se darán cuenta que él es quien, aún presentándose como conductor, más tiempo gasta hablando. Y siempre reconduce el diálogo o el debate a su posición. Lleva mal la contradicción y el no controlar el guión pautado que ha creado o tiene en mente. Control, control. Por ese motivo aparece últimamente con cajas destempladas en sus comparecencias mediáticas, porque se ha escapado a su control la agenda. Decía Monedero en su blog que parecía que el PSOE estaba irritado, antes de que le encomendasen formar gobierno, porque la agenda política de la izquierda la tenía Podemos. Pues eso mismo le pasa a Iglesias. Ya no tiene el control sobre la agenda y hace propuestas que son  incoherentes. Que ambas secretarías dependan de la vicepresidencia es una boutade por una cuestión de eficacia administrativa. Pero, además, si lo que le preocupa es el control de las mismas, creo que desconoce las funciones de la vicepresidencia del gobierno. Malo para un político, horroroso para alguien que se jacta de ser politólogo y jurista. Entre las funciones de la vicepresidencia del gobierno está el preparar las reuniones del consejo de ministros. Y ¿cómo se prepararan? Con una reunión los miércoles con todas las secretarías de estado. Así que ahí puede controlar perfectamente todo lo que hace el gobierno. Este mismo argumento lo utilicé para criticar a Alfonso Guerra cuando decía que estaba en el gobierno de oyente y que él no mandaba. ¡Vaya que sí mandaba y controlaba Guerra! Por tanto, su perfil controlador queda asegurado con solo ser vicepresidente.

A eso se añade un sentimiento egocéntrico y solipsista que cada vez se hace más patente y es típico de los controladores. En la formación de los círculos Pablo Iglesias aparecía como un primus inter pares, como el primero entre los iguales, de los que estaban echando el resto en crear el movimiento que acabaría en confluyendo en Podemos. Él, Monedero, Errejón, Sastre y demás eran visto como la dirigencia natural del  movimiento, como las caras públicas del movimiento. De hecho al presentarse a las elecciones europeas todavía se veían así. Pero el paso a una estructura más formal, necesaria por otro lado, ha ido sacando esa vena egocéntrica y solipsista de Iglesias.

Si ustedes se paran a escuchar a Monedero, a Bescansa, a Errejón o a Montero siguen hablando en plural del movimiento y de las propuestas. Si oyen hablar a Pablo Iglesias se darán cuenta cómo ha ido pasando del nosotros al yo poco a poco. En su perfil controlador ya apuntaba esa vena hacia el ego, pero en los últimos meses se ha hecho aún más patente. Y lo curioso es que se ha ido produciendo sin existir un verdadero culto al líder como sí se produjo en otros casos. No podemos hablar de iglesiasismo como sí de felipismo y aznarismo porque no hay muestras de ello en ninguno de los y las dirigentes de Podemos, ni en las propias bases. Están más apegados al movimiento y al significado en sí del mismo que al propio Iglesias. Existe la deferencia al poder, como sucede en numerosos aspectos de la vida en una organización, pero no un verdadero culto al secretario general. No hay un proceso de lenininación en sí. Pero él cada vez más habla en nombre propio. No se si aprovechando la inestabilidad sistémica y la interna de Podemos, o porque es un componente natural de su personalidad. Apostaría más por la segunda opción.

Cuando propuso que en un posible gobierno de izquierdas, por cierto utiliza mucho el eufemismo de gobierno de cambio y no de izquierdas, hubiese una vicepresidencia ocupada por él, ya marcó algo ese camino interno. Sus codirigentes ante las críticas defendían la vicepresidencia de Podemos no de Iglesias. Pero en todas y cada una de sus intervenciones vuelve a hablar de la vicepresidencia que él ocuparía. Y a parte de cansar demuestra cierto egocentrismo ante el exterior y el interior. Y éste último es más importante. Si en vez de insistir tanto en ello hubiera afirmado que la vicepresidencia sería para Podemos y que él se sentiría honrado de que sus compañeros le designasen para la misma, desde luego no aparecería tan solipsista y egocéntrico. Y el problema es por la reiteración que comienza a molestar a los posibles socios de gobierno. Como táctica política es un error pero su fuero interno le puede y le lleva a ello. ¡Si es que hasta dice que él va a hacer el check and balance del gobierno!

Y, además, empieza a aparecer su carácter solipsista, el creerse más grande de lo que es, en sus intervenciones. Preguntado por el programa de televisión que presentaba afirmó que sería una pena que desapareciese al no poder realizarlo por sus obligaciones políticas, aunque le gustaría. En este caso sí sería ¡Aló Vicepresidente! por desgracia. Pero si lo observan no hay programa sin él porque su persona está por delante de lo que dice defender al final. Pero no solo se queda aquí sino que se arroga dos competencias que no son suyas. Por un lado, hablar en nombre de otras formaciones políticas y, por otro lado, se arroga una capacidad que no le corresponde. Desde que terminó la jornada electoral ya se venía apuntando la voz de las distintas confluencias que les acompañaron. En cierto modo era hasta lógico. Pero éstas ya han empezado a tener su voz propia, como Compromís que está negociando por su parte con el PSOE. Pero es que además se arrogó la voz de IU cuando presentó su propuesta de gobierno. Esto es parte de la cultura comunista que siempre se ha arrogado la voz de otros (movimientos vecinales, asociacionismo, etc.) y luego sacaban tres votos. El problema con Iglesias es que es reiterativo porque sigue hablando de millones de votos y escaños que no son suyos. De momento Podemos como mucho son 65 diputados y diputadas e IU ya ha llegado a un acuerdo con el PSOE en el qué (y veremos si también en el quién) Así que insistir por ese lado no beneficia a Podemos, por mucho que a Iglesias le guste.

Pero no solo habla en nombre de otros sino que es tan solipsista que decide que será él quien negocie con DLL y con ERC, ya que Sánchez no negocia con los independentistas, para que se abstengan en la votación de investidura. Ahora parece que va a ir de salvapatrias. Igual Sánchez ha hablado secretamente para no liarla más y ya está todo cerrado. O igual Sánchez cree que debe hablar con los independentistas cuando llegue al gobierno porque hablar para nada es tontería. Solo un ego desaforado puede llevar a alguien a meterse en un momento que no es el suyo. Me recuerda en demasiadas ocasiones a Iznogud, el visir que quería ser el califa en lugar del califa (genial tebeo creado por Jean Tabay y Goscinny), y que hacía de todo por ocupar el espacio de Harún el Passah. No controla las negociaciones y eso le enfada y le hace verse por encima de lo que es de momento.

Como habrán apreciado en ningún momento he cuestionado posicionamientos ideológicos que me parecen interesantes y respetables (aunque puedo discrepar en algunos y especialmente en el cómo). Y es porque me preocupa que el movimiento iniciado por Podemos pueda desaparecer fagocitado por la personalidad de uno de sus fundadores. Ha pasado hace poco con el partido de la U del ex-presidente colombiano Uribe y con numerosos movimientos de izquierdas. Una de las características de los movimientos populistas es nacer y morir con su fundador en la mayoría de las ocasiones, y espero que esto no suceda con Podemos. Si ha de desaparecer o hundirse es porque no sepan o no hagan bien las cosas, pero no porque queden vinculados a un personaje. El movimiento en sí tenía la virtud de hacer políticamente de una manera un tanto distinta y con una gran capacidad de integrar y de hacer participar a una ciudadanía desanimada. Pero visto lo visto el peligro es patente y temo que esas sinergías se desvíen a zonas más peligrosas y nada de izquierdas.

viernes, 29 de enero de 2016

HACIA UN NUEVA POLÍTICA


por
Mario Salvatierra Saru


Sean ellos sin más preparación
que su instinto de vida
más fuertes al final que el patrón que les paga
y que el salta-taulells que les desprecia:
que la ciudad les pertenezca un día.
Como les pertenece esta montaña,
este despedazado anfiteatro
de las nostalgias de una burguesía.
Jaime Gil de Biedma


1. Introducción.

Al hablar de “nueva política” no estamos afirmando que todo lo que aquí tratamos sea “nuevo”, sin antecedentes o, mejor dicho, que inauguramos una política desde el punto cero. Veremos, por el contrario, que lo nuevo recoge una estela muy vieja tanto en su aspecto descriptivo como en su esfera propositiva. Lo que la nueva política tiene de “nueva” es el enfoque que le damos: no como lucha por el poder y conservación del mismo, sino en cuanto comporta el noble afán de pretender en grado máximo la armonización social. Hay política porque lo que predomina es la discordancia entre la justicia y la realidad social. A mayor desequilibrio mayor será la necesidad de buscar amparo en la política. Como sostenía Aristóteles, sólo los brutos (animales irracionales) o lo dioses pueden vivir sin política. El hombre, por el contrario, está impelido a armonizar la racionalidad con la necesidad, en cuanto que, por naturaleza, es un ser social.

Este desajuste entre lo que es y lo que debiera ser, medido por el horizonte de justicia, es lo que motiva al hombre a transformar el orden natural e intentar cambiar el desorden social. El punto de partida es, por un lado, la experiencia radical de injusticia: la relación de absoluta asimetría entre los seres humanos y, por otro, la vivencia de que el mundo circundante no se presta fácilmente a garantizarnos la supervivencia.

Son las épocas de crisis, cuyos perfiles subjetivo-psicológicos son “no hay para todos” y “esto no da más de sí”, las que despiertan las grandes inquietudes políticas. En ellas lo verdaderamente relevante es plantearnos soluciones que no acarreen mayores dosis de deshumanización, mitiguen la cuantía de las pérdidas y frenen la desproporcionada relación entre el número de perdedores y el de ganadores. Se trata, como vemos, de atenuar los inevitables efectos de las inclemencias naturales y las arbitrarias contingencias negativas de las relaciones sociales. No hay nada entre los hombres que no proceda de su historia, nada de lo que le ocurre al hombre es por generación espontánea y, por ende, tenemos la estructura social que tenemos porque la hemos construido nosotros. El primer obstáculo con que nos encontramos para modificar el entramado social somos nosotros mismos. Así pues, si queremos cambiar la base social del capitalismo, hemos de sustituir primero el sistema de normas que lo sustenta. Si nosotros mismos afirmásemos que más allá del capitalismo (economía de mercado) solo hay “caos”, entonces tendríamos que abandonarnos a la crueldad de sus consecuencias. El pilar del capitalismo necesariamente es la sustancial relación de dominio de unos hombres sobre otros. Esta es su esencia y por mucho que se quiera maquillar o remediar ese vínculo completamente asimétrico que rige el sistema económico capitalista, no hay manera de restaurar la igualdad entre los hombres. Por último, sabemos que la igualdad originaria pertenece al terreno del mito y no pretendemos llegar a ella porque no es viable y tampoco conveniente: entre los hombres hay una desigualdad natural y otra propiciada por sus propias manos. Respecto a la primera poco podemos alterar y sí, en cambio, la segunda. Se trata, por consiguiente, de establecer, dentro de ésta, un canon de desigualdad tolerable.

2. Sistema de normas de la etapa actual del capitalismo: el neoliberalismo.

A partir de los años ochenta del siglo pasado, el neoliberalismo se vuelve hegemónico, esto es, extiende su lógica a toda la sociedad. Es la ideología dominante: un conjunto de creencias que explican la realidad social mediante enunciados descriptivos, describen cómo son las cosas y cómo se ha llegado a la situación presente, y un cúmulo de enunciados normativos que dictaminan cómo deberían ser las cosas y cómo se pueden alcanzar. Reseñaremos primero cuáles son esos enunciados descriptivos que fundamentan el orden capitalista para luego esbozar su desideratum normativo.

El primero y principal derecho es el de la libertad individual, entendida ésta como ausencia de interferencia o de impedimento para la realización de la acción. La libertad individual llega hasta donde se infringe la libertad de los otros. Todos los demás derechos individuales se subordinan a la libertad. No obstante, veremos que cuando se produce una fuerte tensión entre libertad y seguridad el orden neoliberal (también el liberal) opta por la preeminencia de la seguridad sobre la libertad. Al final se impone la custodia de los bienes de los propietarios porque, en realidad, para cualquiera de las formas del liberalismo se trata de preservar sobre todas las cosas el derecho de propiedad.

Desde el punto de vista antropológico, según esta ideología, el hombre actúa motivado por egoísmo, por el interés propio. Cada uno de nosotros se guía por maximizar su propio beneficio, obtener la mayor satisfacción posible y evitar el dolor-perjuicio en cualquier circunstancia dada. Ocurre, sin embargo, que al perseguir nuestro propio interés se incrementa el bienestar de todos.

Es la competencia entre las personas la que permite optimizar la riqueza de las naciones y el progreso social. Si no hubiera competencia, entonces se apoderaría del ánimo de la gente la desidia, la abulia y no habría modo de alcanzar la prosperidad económica. Gracias a ella nos autosuperamos y nos esforzamos para conseguir más cosas. El resorte de nuestra conducta es el de lograr “cada vez más” bienes y el dispositivo del neoliberalismo consiste en eliminar las barreras que puedan impedir esa carrera hacia el “cada vez más”.

La desigualdad social es inevitable. La gente es desigual en inteligencia, en talento, etc. Además de esta desigualdad natural o de dones, hay una desigualdad entre las personas pero debida a los méritos propios: los ricos son tales gracias a su esfuerzo, a su capacidad de asumir riesgos, a su iniciativa personal y a su vocación emprendedora. En cambio, los pobres no aprovechan las oportunidades que el sistema les ofrece: estudiar, obtener una cualificación profesional, abrirse camino trabajando. En vez de disciplinar su conducta, prefieren responsabilizar a los otros de sus fracasos y que el Estado se ocupe de satisfacer sus necesidades. Hay, por tanto, una responsabilidad moral del pobre respecto a su propia pobreza. A fin de cuentas, si el rico es artífice de su riqueza, el pobre es responsable de su propia condición.

El libre mercado es el mecanismo económico que mejor se adapta para conseguir nuestros intereses. Y la libre empresa es la institución que nos brinda la oportunidad de desarrollar nuestras capacidades y nos posibilita obtener el mayor bienestar para el mayor número de gente. Son la “maximización del egoísmo” y la “libre competencia” las que garantizan el buen funcionamiento de la economía y, en consecuencia, nada externo a las propias reglas del mercado (oferta-demanda) es válido para regularlo y/o controlarlo. Cualquier intento de regular el mercado desde parámetros ajenos a la propia economía contamina el sistema, es decir, lo vuelve ineficiente e ineficaz. Por ello, es la gestión privada la que ofrece las mayores garantías para generar riqueza y la más apta en redistribuir oportunidades.

Todo lo que favorece al libre mercado y estimula la creación de riqueza acaba favoreciendo al conjunto de la sociedad. Por esta razón, el crecimiento económico es la meta final de la racionalidad económica: más nunca es menos y menos nunca es más.

Hasta aquí el ámbito descriptivo, según el modelo neoliberal o, si se quiere, el constructo teórico del homo economicus. En cuanto a la esfera normativa, establece lo siguiente:

1. El Estado debe reducirse a lo mínimo, esto es, tiene que cumplir una función subsidiaria con relación a la empresa privada: tiene que ocuparse de aquellos terrenos en donde la empresa privada no obtiene beneficios. Además de garantizar los derechos civiles, el Estado tiene que encargarse de los servicios sociales. Pero como el gasto público es muy grande y el peso del Estado insostenible si realmente quiere atender las demandas de toda la ciudadanía, entonces lo que se debe hacer es reducir su coste y restringir los derechos sociales: prestar menos servicios y a menos gente. En consecuencia, como el Estado social protector de los derechos de todos es inviable, ha de limitar su papel a la beneficencia.
El Estado, en este estadio del capitalismo financiero, debe culminar su función siendo la “mano visible” de la lógica del capital: ahora tiene que facilitar la privatización de lo público, tiene que colaborar con el proceso de reproducción del capital y someter su ejercicio a la expansión de la desposesión de los bienes comunes. En la actualidad, la tarea del Estado no es la de asegurar y optimizar el bienestar de la población sino la de implantarle el recetario que prescribe el mercado global. El papel del Estado-nación se enmarca en la plena subordinación a los poderes económicos que lideran el proceso de globalización. El poder del Estado se reserva a las fuerzas de seguridad  para guardar el orden interno -policía, en sentido general-, efectuar el control de sus fronteras y mantener la defensa nacional mediante las fuerzas armadas.

2. La inversión y el consumo son los que activan a la economía. Es imposible que en la actual etapa del capitalismo éste se reproduzca si no hay empresarios y consumidores. Por ello, el sistema impositivo debe favorecer a ambos. ¿Cómo? Reduciendo los impuestos directos para que puedan disponer de más dinero en efectivo; de manera que deben reducirse los impuestos sobre los beneficios empresariales y los impuestos de la renta de las personas físicas (IRPF). Si hay que incrementar los ingresos del Estado, entonces por donde hay que cargar es por la vía de los impuestos indirectos ya que éstos afectan a todos por igual.

3. Al menos en Europa, la idea de que el Estado-nación podría ser el último recurso contra los efectos perniciosos del capitalismo ha sucumbido con la reciente crisis económica: la experiencia griega confirma la incapacidad del Estado para domeñar al poder económico. Otro tanto ocurre con la vida colectiva, esto es, en el ámbito laboral asistimos a la descolectivización de la acción colectiva: la individualización extrema de las políticas de gestión de la fuerza del trabajo (los asalariados) y la ruptura de la negociación colectiva. Para el neoliberalismo, todo el mundo debe convertirse en “emprendedor de sí mismo” y asumir la responsabilidad total del éxito o el fracaso de sus “objetivos”. Individualizar, flexibilizar y desregular las relaciones laborales son los sellos que, para el neoliberalismo, certifican el buen camino hacia la prosperidad de todos.

En definitiva, para los neoliberales no hay lugar a la contradicción entre mercado y Estado porque éste debe quedar subsumido en las normas que rigen aquél y el conflicto entre capital-trabajo se supera expandiendo el modelo liberal de libertad individual, en el que cada uno de nosotros es enteramente libre para elegir y escoger el modo de ganarse la vida, es decir, puede vender a quien quiera y en las condiciones que quiera su fuerza de trabajo sin necesidad de recurrir a ningún gremio de sindicalistas “ociosos” para que le proteja porque, como bien señaló Marx, ya no está ligado a la gleba ni es siervo o vasallo de otra persona. El trabajador, para convertirse en verdaderamente dueño de su persona, tenía que liberarse de la esclavitud, de la servidumbre de la gleba, de todo vasallaje y emanciparse de la dominación de los gremios artesanales para, de esta forma, poder vender “libremente” su fuerza de trabajo.

Si antes de que el capitalismo industrial diera el salto hacia el financiero el Estado y el mercado conservaban una esfera propia, ahora, en el imperio del poder financiero, el Estado tiene por finalidad, como observan Christian Laval y Pierre Dardot en su obra Común (Gedisa, Barcelona, 2015), someter la reproducción social en todas sus componentes -familiar, social, político, salarial, cultural, etc.- a la reproducción ampliada del capital. Marx llamaba a este estado de cosas la “subsunción bajo el capital”: ajustar la reproducción de la sociedad a la reproducción del capital. En términos vulgares este proceso se conoce como la mercantilización de todas las esferas de la vida y a ella responde la privatización de la gestión de los servicios sociales, cuando no la privatización misma de lo público: la energía, las telecomunicaciones, los recursos naturales, etc.

Ahora bien, para “liberar” a los trabajadores de sus vínculos de dependencia fue preciso destruir las condiciones de su antigua existencia, fue necesario abolir el sistema feudal y, sobre todo, poner las condiciones materiales para que se viesen obligados a vender libremente su única pertenencia: su fuerza de trabajo. Se les arrebató por la fuerza sus medios de subsistencia. En efecto, fueron despojados de sus propios medios de producción y lanzados al abismo de la necesidad.

3. Esos años de sangre y fuego: cercamiento de la tierra y despejamiento de las fincas.

En el libro I, capítulo XXIV, de El Capital, titulado “La llamada acumulación originaria” (Siglo Veintiuno Editores, 17ª Edición, México, 1998), Marx se encarga de describir el proceso histórico por el cual el proletario llega a tal condición, esto es, es privado del uso colectivo de los bienes comunes y despojado de los medios de su subsistencia, de forma tal que se ve obligado a recurrir al mercado para conseguir todo lo que necesita. Escuchemos al filósofo de Tréveris:

«La expoliación de los bienes eclesiásticos, la enajenación fraudulenta de las tierras fiscales, el robo de la propiedad comunal, la transformación usurpatoria, practicada con el terrorismo más despiadado, de la propiedad feudal y clánica en propiedad privada moderna, fueron otros tantos métodos idílicos de la acumulación originaria. Esos métodos conquistaron el campo para la agricultura capitalista, incorporaron el suelo al capital y crearon para la industria urbana la necesaria oferta de un proletariado enteramente libre» (págs. 917-8).

El momento histórico real en los que se acota la “acumulación originaria” sobre la cual se asienta la “acumulación capitalista” transcurre entre los siglos xiv y xvi, cuando florece la manufactura lanera flamenca y aumenta el precio de la lana. Las tierras que entonces se dedicaban a la labranza y que eran cultivadas por pequeños campesinos fueron violentamente despojadas de sus arrendatarios y concentradas en muy pocas manos para convertirlas en praderas para la cría de ovejas. Los nuevos señores feudales destruyeron los cottages de los agricultores (chozas o diminutas cabañas unidas a una pequeña porción de tierra -0,6 hectáreas aproximadamente-) y expulsaron en masa a los yeomanry (pequeños campesinos libres, no sujetos a prestaciones feudales; propietarios del suelo que cultivaban) de sus propias tierras. Este violento proceso de expropiación, de desposesión de las tierras propias y de apoderamiento de las tierras comunales recibe en Inglaterra el nombre de “enclosure of commons” (cercamiento de tierras comunales) y culmina en las primeras décadas del siglo xix con el gran proceso usurpatorio denominado “clearing of estates” (despejamiento de fincas): “barrieron” a los trabajadores del campo de sus fincas. Como botón de muestra, Marx relata el caso del “despejamiento” llevado a cabo por la duquesa de Sutherland:

«Esa dama, versada en economía política, apenas advino a la dignidad ducal decidió aplicar una cura económica radical y transformar en pasturas de ovejas el condado entero, cuyos habitantes ya se habían visto reducidos a 15.000 debido a procesos anteriores de índole similar. De 1814 a 1820, esos 15.00 pobladores -aproximadamente 3.000 familias- fueron sistemáticamente expulsados y desarraigados. Se destruyeron e incendiaron todas sus aldeas; todos sus campos se transformaron en praderas. Soldados británicos, a los que se les dio orden de apoyar esa empresa, vinieron a las manos con los naturales. Una anciana murió quemada entre las llamas de la cabaña que se había negado a abandonar. De esta suerte, la duquesa se apropió de 794.000 acres de tierra (321.300 hectáreas aproximadamente) que desde tiempos inmemoriales pertenecían al clan […] Todas las tierras robadas al clan fueron divididas en 29 grandes fincas arrendadas, dedicadas a la cría de ovejas; habitaba cada finca una sola familia, en su mayor parte criados ingleses de los arrendatarios. En 1825 los 15.000 gaélicos habían sido reemplazados ya por 131.000 ovejas» (págs. 913-4).

Sobre estos hechos los terratenientes, auténticos bandoleros usurpadores de los bienes ajenos y comunales, decretaron a su favor el derecho de propiedad privada de la tierra, es decir, se otorgaron a sí mismos el moderno título de propietarios de la tierra. Así pues, en esos años de sangre y fuego se consumó el gran pillaje de la tierra mediante el empleo de la violencia, cuyo resultado final fue que unos pocos conquistaron por la fuerza el derecho de propiedad privada y la gran mayoría fue desposeída de sus medios de producción y de sus casas viéndose forzada a vender lo único que le quedaba para poder sobrevivir: su fuerza de trabajo. Como corolario de todo ello se desprende que la violencia es la que funda el derecho y lo mantiene intacto. Asimismo, fue la violencia la que permitió sentar las bases del capitalismo y lo conserva vivo. Como bien apunta Carlos Marx, lo que no comprendió Adam Smith es que el reverso de la riqueza de las naciones es la pobreza popular y que cara oculta del derecho es la violencia. Una violencia fundadora del derecho de propiedad y perpetuadora-conservadora del derecho de propiedad.

Pero la historia de la infamia no acaba aquí: había que domesticar a esa masa desposeída a la disciplina del salario y de la jornada laboral. En efecto, los expulsados por la expropiación violenta de sus tierras no podían ser absorbidos por la industria manufacturera naciente con la misma rapidez con que eran puestos en la calle. Por otra parte, acostumbrados como estaban al cultivo de la tierra no eran capaces de adaptarse tan brevemente a la disciplina de su nuevo estado. Gran parte de ellos, forzados por las circunstancias, se transformaron en mendigos, vagabundos, ladrones, etc. Fue entonces cuando el poder político en coalición permanente con nuevos propietarios de la tierra -los capitalistas agrarios- promulgó, como afirma Marx, «una legislación sanguinaria contra la vagancia». A esos pordioseros se les criminalizó por ser vagabundos e indigentes, esto es, la legislación los trataba como “delincuentes voluntarios”. La conclusión de Marx no puede ser más descarnada:

«De esta suerte, la población rural, expropiada por la violencia, expulsada de sus tierras y reducida al vagabundaje, fue obligada a someterse, mediante una legislación terrorista y grotesca y a fuerza de latigazos, hierros candentes y tormentos, a la disciplina que requería el sistema de trabajo asalariado» (pág. 922)

Hoy, tras siglos de vigencia del sistema capitalista, hemos “naturalizado” las exigencias de ese modo de producción cuando en realidad, como atestiguan los libros de historia, fue resultado de una coerción brutal sobre los primeros trabajadores asalariados. El robo de los bienes comunales, como vemos, desempeñó un papel fundamental en la evolución histórica del capitalismo: esa “gran depredación” fue la condición material de la explotación. La desposesión del pequeño campesino de su vínculo con la tierra, el expolio de su medio de producción, permitió que los empresarios instaurasen unas condiciones laborales rayanas a la esclavitud. La libertad del capitalista era a todas luces licencia para la explotación. En el presente, esa licencia es “silenciosa”, “vaporosa” pero, aunque parezca mentira, existe en cada una de las mercancías que consumimos alegremente.

La inclinación del capitalismo a la depredación no es algo que pertenezca a sus albores sino que es consustancial a su desarrollo, al proceso de acumulación de capital. Es el corazón del sistema y si bien en su origen, en el paso del capitalismo agrícola al industrial, el expolio consistió en la apropiación privada de la tierra común (un bien común natural), en la actual fase del capitalismo, el financiero, la nueva forma de saqueo consiste en el imparable proceso de privatización tanto de los bienes públicos (educación, sanidad, prestaciones sociales, recursos naturales, etc.) como de los bienes comunes inmateriales (cultura, conocimiento, internet, etc.).

4. La acumulación por desposesión: naturaleza del capitalismo financiero.

Como bien apuntan Laval y Dardot, existe una analogía entre el cercamiento de las tierras comunales, la cual posibilitó la “acumulación originaria” que, a su vez, fue la condición inaugural del capitalismo, y el ininterrumpido proceso de privatizaciones implantado por el neoliberalismo, resuelto a llevar hasta las últimas consecuencias el imperativo del poder financiero. Afirman Laval y Dardot:

«La acumulación por desposesión es un incremento de valor que no se produce mediante los mecanismos endógenos clásicos de la explotación capitalista, sino mediante el conjunto de los medios políticos y económicos que le permiten a la clase dominante apoderarse, a ser posible gratuitamente, de lo que no era propiedad de nadie o de lo que hasta entonces era propiedad pública o patrimonio cultural y social colectivo. El gran concepto de acumulación por desposesión […] quiere dar cuenta de las prácticas propiamente neoliberales de privatización de las empresas públicas, de las administraciones, de los organismos de seguridad social y las instituciones de salud y educación […] El estadio del capitalismo financiero se caracteriza precisamente por la necesidad de este nuevo proceso de desposesión a lo largo del cual aquello que había conseguido escapar a la dominación capitalista sufre una forma u otra de colonización» (Op.Cit., pág. 148)

No hay rincón donde el capital no penetre: el capitalismo financiero termina por culminar el expolio iniciado por el capitalismo en ciernes, esto es, ahora expande la desposesión mediante la privatización de lo público, consuma su destino a través de la apropiación privada de los comunes. Ya no hay nada que escape a su dominio y una vez más ejecuta este pillaje con la estrecha colaboración del poder político: el Estado se alía con el mercado facilitando la privatización de los bienes públicos, de los recursos naturales (agua y suelo) y de los servicios sociales. La nueva apropiación de la riqueza es obra conjunta del poder político y de la empresa privada. Por ejemplo, la acción gubernamental “deja caer” el sistema de jubilación no provisionándolo con recursos suficientes para reemplazarlo por seguros privados. También se “inhibe” -“deja hacer”- ante la apropiación privada de las producciones científicas. La respuesta que han dado los Estados a la crisis financiera provocada por los “hedge funds” y la gran banca (“demasiado grande para caer”) pone en evidencia que los Estados-nación se pliegan a los intereses del capital, hasta el extremo de tolerar una verdadera fractura social en el seno de sus poblaciones. Este movimiento generalizado de “cercamiento” (enclosure) está dirigido por las grandes empresas multinacionales y encuentra pleno apoyo de los gobiernos nacionales sometidos a la lógica del mercado.

Por último, señalar que esta gigantesca apropiación acarrea fenómenos masivos de exclusión y desigualdad, contribuye a acelerar el desastre ecológico y medioambiental y hace de la cultura, el conocimiento y la comunicación un producto comercial más. La extensión de la mercancía y la privatización van de la mano y, por ahora, no se encuentran con ningún límite político. La socialdemocracia, tal como la hemos conocido, es irrecuperable no sólo porque también jugó a favor, aunque ahora le pese, de esta carrera privatizadora, sino también porque su marco de acción son las fronteras nacionales mientras que la actividad del capitalismo financiero es global. La nueva política tiene por objeto frenar la expansión de la propiedad privada y la mercantilización del mundo de la vida o, mejor dicho, cercenar la globalización de los comunes. Como mantuvo Proudhon, el derecho de propiedad privada no es un derecho absoluto e incondicionado. Si queremos liberarnos de la tiranía de la apropiación, tenemos que abolir la lógica propietaria en todos los ámbitos de la producción. En el núcleo del capitalismo figuran: las formas de dominio-explotación porque sin ellas no puede haber reproducción de la acumulación de capital y las diversas modalidades de cercamiento-desposesión de los comunes.

Aclaremos. No toda propiedad es un robo y no todo propietario es un expoliador. Esto ya lo sostuvo Proudhon: ni la propiedad de un artesano ni la de un campesino que cultiva su tierra es un robo. Lo que el filósofo francés condena es un tipo específico de propiedad: aquella que permite percibir un beneficio sin trabajo, la que jurídicamente autoriza la apropiación privada de los frutos del trabajo de otros. Adueñarse de la “fuerza colectiva”, nacida del agrupamiento de los trabajadores con la finalidad de producir algo o hacer algo en común, es lo que verdaderamente constituye el robo. El capitalista se apropia de la riqueza social producida por la fuerza colectiva (la puesta en común, simultáneamente, de la fuerza del trabajo por muchos individuos ejecutando la misma tarea; por ejemplo, la producción de un barco) sin otra justificación que la de ser propietario de los medios de producción. Es esta riqueza social la que les arrebata a los asalariados. En su obra, ¿Qué es la propiedad?, escribe:

«El capitalista, se dice, ha pagado los jornales a sus obreros. Para hablar con exactitud, había que decir que el capitalista había pagado tantos jornales como obreros ha empleado diariamente, lo cual no es lo mismo. Porque esa fuerza inmensa que resulta de la convergencia y de la simultaneidad de los esfuerzos de los trabajadores no la ha pagado. Doscientos operarios han levantado en unas cuantas horas el obelisco de Luxor sobre su base. ¿Cabe imaginar que lo hubiera hecho un solo hombre en doscientos días? Pero según la cuenta del capitalista, el importe de los salarios hubiese sido el mismo» (Op. Cit., Edición Diario Público, Barcelona, 2010, pág. 124).

Aunque el capitalista haya pagado todas las fuerzas individuales, no ha pagado la fuerza colectiva, es decir, se apropia gratuitamente de la fuerza colectiva. Según Proudhon, el salario es individual mientras que la ganancia proviene del apoderamiento del fruto de la fuerza colectiva. He aquí, a su juicio, la raíz de la explotación económica: la alienación de la fuerza colectiva. Dicha fuerza es lo común y es usurpada por quien goza de un supuesto derecho absoluto de propiedad sobre los medios de producción.

Una vez más comprobamos que el origen de la injusticia se localiza en torno a lo común: la apropiación privada de lo que es común. La explotación no es sino la apropiación privada de la plusvalía común. El paso del capitalismo industrial al financiero consiste en que la acumulación se separa del proceso de producción para desplazarse al cercamiento del conocimiento, es decir, del trabajo intelectual o inmaterial creador de valor. Al dar este salto, el capital se afianza como un poder rentista desligado del sistema productivo o, lo que es lo mismo, de la economía real. Y como plantean Laval y Dardot, siguiendo los estudios de Carlo Vercellone, «si la renta es aquello que recibe un propietario tras la expropiación de lo común, entonces tendremos derecho a establecer un “vínculo que engloba en una lógica única las primeras enclosures que afectaron a la tierra y las new enclosures que afectan al saber y lo viviente”» (Op. Cit., pág. 230). En consecuencia, tendremos que realizar un examen de lo común para ver de dónde propiamente emana el mal social.

5. Analítica de lo común.

Es corriente asociar lo común con lo público y, sin embargo, no son lo mismo. Lo común es aquello que está “abierto a todos”, aquello que se “ofrece a todos”. Lo contrario de lo común no es lo privado puesto que, como veremos, algo puede ser privado pero de uso en común. Propiamente hablando lo común es lo contrario de lo propio: aquello que pertenece de manera exclusiva a una persona. Lo propio es singular mientras que lo común es plural. Lo que realmente se opone a lo público es lo privado pero tampoco hemos de confundir lo público con lo estatal. El término “público” puede usarse en dos sentidos: por un lado, como lo que concierne al Estado, sus instituciones y funciones (por ejemplo, los “bienes públicos”, el “tesoro público”, el “déficit público”, etc.) y, por otro, aquello que incluso siendo privado corresponde al dominio público: la “opinión pública” no es la opinión del Estado ni tampoco la opinión del medio privado que transmite o hace pública dicha opinión. Todo lo que pertenece al Estado es público pero no necesariamente lo público está vinculado al Estado. Una lectura o una asamblea “pública” se refiere a mucha gente, a una actividad no restringida o limitada a unos pocos; por principio, es accesible a todos.

Ahora bien, lo común tampoco se reduce a un bien o bienes de utilidad porque no es un objeto independiente de la actividad humana, de la praxis. Lo común político no es un bien, no es un objeto de propiedad ni pública ni privada, sino que es resultado de la actividad deliberativa que funda la comunidad. Es la praxis la que hace que determinadas cosas se puedan volver comunes. Así, por ejemplo, afirmaba Aristóteles que el logos, el pensamiento, es lo común al hombre y precisamente porque el hombre tiene “palabra”, y no solo “voz” como los animales, es por lo que puede hacer política. La política es resultado de la praxis común, es una puesta en común en la esfera pública (la ekklesia: la asamblea del pueblo) con el objetivo de alcanzar un bien que beneficie a todos (el bien común). Lo común político está encaminado a aquello que “beneficia a todos” y, por tanto, se dirige a lo que en principio se acuerda como “justo”. Lo justo es el objeto de lo político.

De manera que lo común es el principio político a partir del cual debemos construir “comunes” (la “democracia”, las “leyes” en tanto expresión de la voluntad general, las “constituciones”, los bienes materiales e inmateriales, etc.) y preservarlos como tales, esto es, hacer que sobrevivan. Cuando la democracia se somete al interés del poder económico privado corrompe su cometido porque aliena lo que en ella hay de abierto a todos en unas pocas manos. La crisis actual de la democracia se debe al dominio directo del poder financiero sobre los instrumentos de toma de decisión política. La apropiación de la democracia por el poder económico ha sido la última maniobra hecha por el capitalismo con la finalidad de expandir su proceso de acumulación.

Hemos visto que lo común, en primer término, se nos presenta como un hacer colectivo de los hombres: resultante de una puesta en práctica común de una multitud, que en el plano político se traduce a un proceso instituyente de lo común. Todo lo relativo a las normas de convivencia, la legislación, responde a este proceso. Asimismo, también lo común designa los recursos materiales comunes: el agua, el aire, la tierra, los frutos de la tierra y los dones que nos ofrece la naturaleza, por ejemplo, el subsuelo marino, el paisaje, las cascadas, etc. Hay quienes proponen incluir dentro de estos bienes el genoma humano. También lo común hace referencia a los bienes que son necesarios para la interacción social y son producidos gracias a ella como, por ejemplo, el lenguaje, los códigos, el conocimiento científico, la música, etc. Aquí lo común es condición y resultado de la actividad humana en sociedad. El lenguaje de internet, en cuanto resultado del trabajo inmaterial, pertenecería a la esfera de lo común. Y, como dijimos, la fuerza colectiva que se desarrolla en el ámbito del trabajo también pertenece a lo común ya que no consiste únicamente en la suma de fuerzas individuales ni en el simple agrupamiento de éstas sino en la “convergencia simultánea” en una misma tarea prefijada de antemano.

Dicho al modo teológico el pecado original radica en la apropiación privada y exclusiva de lo que es común, adquiera éste cualquiera de las formas antes señaladas. Notemos que estamos hablando de propiedad privada “exclusiva”, es decir, segregadora y excluyente al usufructo o beneficio de otro u otros. Es oportuno en este punto aludir a la distinción que realizan Laval y Dardot sobre los tipos de bienes. En sentido general, afirman, podemos diferenciar el bien común del bien público o colectivo, el cual se opone al bien privado o privativo. Este último está producido por empresas privadas y destinados a los mercados en los que rige la competencia. Pero también existen unos bienes que, por sus características específicas, están destinados a ser producidos o bien por el Estado o bien por organismos sociales (asociaciones, sindicatos, iglesias, etc.). Es decir, los bienes públicos no son producidos por el mercado porque la satisfacción a las necesidades que responden no es compatible con el pago individual voluntario de esta clase de bien. Por consiguiente, tenemos:

a) El bien común o lo común que no es propiamente un objeto útil o utilizable concreto, sino aquello que “beneficia a todos” y está “abierto a todos”. Ese bien común es el correlato objetivo del interés general o voluntad general.

b) El bien público o colectivo destinado no al mercado sino a cumplir una función social. Este tipo de bien no requiere que sea necesariamente producido por el Estado ni apropiado por el mismo, sino que perfectamente puede estar creado por asociaciones no gubernamentales y pertenecer al colectivo.

c) El bien privado o privativo es aquel que tiene por objeto la consecución del beneficio.

Ahora bien, quizá lo más notable de la división de los bienes que hacen Laval y Dardot es la diferenciación entre el carácter “exclusivo” y “rival” de los mismos. Un bien es exclusivo cuando el que lo posee o lo produce puede, en virtud del derecho de propiedad que tiene sobre él, impedir su acceso a toda persona que rechace comprarlo al precio por él exigido. Un bien es rival cuando su compra o uso por parte de un individuo disminuye la cantidad del bien disponible para el consumo de otras personas. Hecha estas precisiones, nos encontramos con que los bienes privados son exclusivos y rivales y los bienes públicos puros son no exclusivos y no rivales. Los bienes públicos o son subvencionados o son producidos directamente por el Estado porque, en la búsqueda del beneficio, nadie tiene un interés espontáneo en ponerlos a circular en el mercado.

Junto a los bienes puramente privados (que son exclusivos y rivales) y los bienes puramente públicos (que son no exclusivos y no rivales), hay una tercera clase de bienes: los bienes híbridos o mixtos. Éstos pueden, a su vez, ser de dos tipos: los llamados “bienes de club” que son al mismo tiempo exclusivos y no rivales como las autopistas, en las que se puede establecer un peaje pero cuyo consumo no disminuye el de otros; y también hay los denominados “bienes comunes” que son no exclusivos pero sí rivales, como el caso de las zonas de pesca o de pastoreo, son bienes cuyo acceso difícilmente se pueda prohibir o restringir, salvo que se establezcan reglas de uso, y sí, en cambio, su consumo disminuye el de otros. Tenemos, en consecuencia, las siguientes categorías de bienes:

1. Bien común o comunes: la política, la democracia, la legislación, lo justo, el conocimiento, las instituciones entendidas como entidades formadas por un conjunto de ciudadanos organizados conforme a reglas instauradas por los propios participantes-usuarios, etc.
2. Bienes puramente privados: exclusivos y rivales.
3. Bienes puramente públicos: no exclusivos y no rivales.
4. Bienes híbridos o mixtos:
        a) Bienes de club: exclusivos y no rivales.
        b) Bienes comunes: no exclusivos y rivales.

Y dentro de estas clases de bienes se encuentran los materiales (agua, tierra, recursos naturales, etc.) y los inmateriales (lenguaje, cultura, conocimiento, etc.), como también los naturales y los no naturales o producidos por el hombre.

La cuestión que se plantea ahora es qué relación guardan estas distintas modalidades de lo común con el derecho de propiedad. Lo que parece claro es que hay una absoluta incompatibilidad entre la propiedad exclusiva y rival y los comunes.

6. El derecho de propiedad y la institución de lo común.

El derecho de propiedad es el más absoluto de los derechos sobre las cosas (plena in re potestas), ya que implica que su titular posee los siguientes derechos:
1. El derecho de uso (usus).
2. El derecho sobre los frutos (fructus).
3. El derecho de goce (los beneficios de una propiedad).
4. El derecho a abusar (abusus) o disponer de la cosa como quiera, ya sea destruyéndola o transformando su sustancia como vendiéndola o donándola.

Es esta facultad de disponer de la cosa como quiera la nota esencial del derecho de propiedad. Y es precisamente este rasgo de posesión absoluta y excluyente el que hace que la propiedad privada sea completamente contraria a la institución de lo común. La propiedad privada tiene por naturaleza un carácter privativo, esto es, el propietario puede impedir el uso de ese bien a otro u otros; tiene, si quiere, la potestad de destruirlo antes de que otros lo puedan utilizar.

¿Cuál es la suma pretensión del neoliberalismo? Convertir los distintos bienes comunes en bienes exclusivos y rivales, es decir, consumar la privatización de los comunes, sean éstos materiales o inmateriales, naturales o producidos por el hombre. De modo tal que el único derecho absoluto sobre las cosas sería el derecho de propiedad, privándole a los bienes la posibilidad del derecho de uso común. Y como corolario de todo ello nos encontramos con que la libertad, la igualdad, la seguridad y todos los otros derechos quedarían supeditados al supremo derecho de propiedad.

Frente a ello, Lavan y Dardot proponen que la nueva política se funde en un poder instituyente de lo común: si lo común ha de ser instituido, sólo podrá serlo como inapropiable, en ningún caso como objeto de derecho de propiedad. Si un nuevo mundo es posible, lo será sobre la base de un derecho que esté destinado devolverle a la sociedad aquello que le ha sido arrebatado: los bienes comunes. El derecho fundante no será individual ni privativo sino social e inclusivo: un derecho común creado por la sociedad y para la sociedad. Ese derecho común o social no puede estar sometido ni subordinado al Estado ni al derecho privado de propiedad. En definitiva, se trata de retomar el derecho de uso para dirigirlo contra la propiedad, ya sea ésta estatal o privada. Ese derecho de uso tendrá la potencialidad de imponer, a través de la norma social de inapropiabilidad, límites a la propiedad privada y a la pretensión de cercamiento de los nuevos comunes, como son los lenguajes de internet, la ciencia, etc.

Tal como destacan Laval y Dardot, hay un sistema denominado “copyleft” -contrario al “copyright”- que protege a la comunidad de uso y de protección, y delimita un régimen jurídico de la propiedad intelectual común. En suma, el copyleft invierte la lógica del copyright: no es un modo de restringir el uso de un programa como hace el copyright sino una forma de hacerlo “libre” y “abierto”, esto es, no apropiable, para que se beneficie toda la comunidad. Así, el copyleft excluye toda exclusión y, por otra parte, no es una negación radical de la propiedad sino que es un uso paradójico del derecho del creador sobre su producto, libre de usarlo a su manera, hasta el punto de elegir su modo de distribución. El programa de explotación GNU/LINUX es resultado de este tipo de iniciativa.

Una nueva política fundada en el derecho de lo común no puede limitarse al ámbito local o nacional pues lo común es global ni tampoco puede referirse a un conjunto de sujetos porque lo común afecta a todos, es universal. Al instaurar la política de lo común estamos jugando en el mismo terreno de la globalización económica, ya que los comunes están más allá de las fronteras nacionales y conciernen a todos los hombres por igual como ocurre con la mundialización de la economía y la imposición de sus reglas y su disciplina. En suma, se trataría de instituir el principio de lo común en el plano del derecho, del poder, de la economía, de la cultura, de la educación, de la protección social, etc.

7. Breve catálogo de las señas de identidad de una nueva izquierda.

Una vez descritos los nuevos desafíos de la política ante el intento de colonización del capitalismo de los nuevos comunes con el fin de incrementar la acumulación de capital, es hora de esbozar cómo debería ser la sociedad a la que aspiramos emancipar de este prolongado desarrollo de expolio, dominación y explotación, y exponer cuál es el camino o cómo puede alcanzarse esa nueva sociedad, que desde luego nunca será el paraíso en la tierra. Hay que hacer creíble que otro mundo es posible no sólo en la imaginación sino fundamentalmente en la realidad.

Una premisa fundamental con la que partimos es que el derecho de propiedad privada ha de estar subordinado a los valores sociales: valores como la democracia, la igualdad, la libertad, la justicia, el conocimiento -que no sólo son individuales sino también colectivos- no deben someterse ni supeditarse al interés puramente privado, sea de uno o de unos pocos, ni tampoco quedar atrapados o monopolizados por la soberanía del Estado. Segunda idea básica: desligar la economía del paradigma neoliberal (anteriormente descrito) y hacer que lo común sea lo que prevalezca en la esfera económica, es decir, refundar la democracia económica y establecer la preeminencia del derecho de uso sobre el de propiedad. Tercer desafío irrenunciable: como ni desde el Estado-nación ni desde lo regional podemos responder adecuadamente a los desmanes producidos por la globalización económica y los abusos del poder financiero, es imprescindible estatuir comunes mundiales como, por ejemplo, establecer un programa de aplicación real y desarrollo de los derechos humanos universales, que especifique el objetivo de los mismos, los plazos de ejecución y los recursos económicos necesarios para su implantación. Estos derechos humanos están íntimamente ligados al principio de libertad (derechos civiles y políticos), al principio de igualdad (derechos económicos, sociales y culturales) y al principio de solidaridad y fraternidad (derecho a la libre circulación, derecho de migración, derecho de asilo, derecho de habeas corpus, etc.). E igualmente es insoslayable reparar los daños ecológicos y medioambientales que el modelo de desarrollo desbocado ha producido en nuestro planeta. Se trata, como sabemos, de poner freno a un arquetipo de crecimiento que engañosamente supone que los recursos naturales son infinitos e ilimitados. Necesitamos con urgencia un programa mundial que preserve los recursos naturales y aborde con realismo la política energética. Y, por último, será inexorable crear instituciones federales a escala internacional y nacional con el objetivo de federalizar los comunes.

8. Algunas propuestas políticas básicas.

1. La institución de una política común.

Tal como proponen Laval y Dardot, se trata de introducir en todas partes la forma institucional de autogobierno: en todos los campos de la vida humana. Es volver al sentido antiguo de la democracia: la participativa, la que no deja a nadie fuera de la toma de decisiones, la que permite el despliegue más libre posible de actuar en común. El autogobierno concierne a todas las esferas sociales no sólo a las actividades políticas (el parlamento y otras instituciones gubernativas), también se dirige a la actividad económica. La política de lo común es transversal, afecta a todos los ámbitos donde los seres humanos actúan juntos y deben tener la posibilidad de participar en la elaboración de las reglas que le afectan, en el gobierno de las instituciones donde actúan, viven y trabajan.

Asimismo, el autogobierno tiene que penetrar en el centro de la empresa privada porque es en ella donde se lleva a cabo la sumisión del trabajo por el capital. Y, como afirman los autores mencionados, es evidente que todo proceso de transformación de la empresa topa con la cuestión fundamental de la propiedad. No puede haber institución de lo común en el conjunto de la sociedad sin que el derecho de propiedad -dominio absoluto del propietario sobre la tierra, el capital o la patente- sea sometido al derecho de uso de lo común, lo que implica que la propiedad pierda el carácter absoluto.

La política de lo común tiene por finalidad una reorganización de la sociedad que haga del derecho de uso el eje jurídico de la transformación social y política, sustituyendo a la propiedad exclusiva y rival. Es viejo el aserto del socialismo que dice que la democracia no debe detenerse en la puerta de la empresa. Así como en democracia ha de imperar el principio de “ninguna resolución sin participar en la deliberación”, en la actividad económica y/o en cualquier otra actividad tiene que prevalecer el principio: «ninguna ejecución de decisiones sin participación en el proceso de toma de decisión». Este principio no es otro que el de la coobligación fundada en la codecisión y la actividad común, esto es, lo común en sí mismo como principio político.

2. Fortalecer el imperio del derecho de uso frente a la propiedad exclusiva y rival.

Todo poder absoluto implica una relación excluyente y de dominación y el poder de dominio implica, a su vez, una relación de sometimiento. Como es obvio, la política de lo común rechaza esta articulación de lo social. La esfera de lo social -la producción y los intercambios- está organizada a partir del régimen jurídico de la propiedad privada. El derecho de uso designa la facultad de beneficiarse de la utilidad de una cosa y, al contrario que el derecho de propiedad, excluye la facultad de disponer como se quiera de la cosa a la que se refiere. El usuario del bien dispone del goce, con la responsabilidad de conservar la sustancia de ese bien. El usuario de algo común no puede ser propietario, pues dijimos que lo común es por esencia inapropiable. El usuario de un bien común está ligado a otros usuarios de este mismo bien común mediante la coproducción de las reglas que determinan su uso común. Este vínculo que procede de la coobligación prevalece entre todos aquellos que hacen uso simultáneamente de eso que es inapropiable. El derecho de uso carece de efectividad si es separado del derecho de coproducir las reglas de uso común. En efecto, esto es lo que lo distingue del “libre acceso” a un bien: la utilización libre y gratuita, por ejemplo, de un programa informático no supone que el titular de ese programa informático renuncie a sus derechos patrimoniales, es decir, se trata de un bien cuyo propietario autoriza un uso más amplio, pero en ningún caso de un común.

Laval y Dardot sostienen que lo decisivo es que «el uso común esté ligado a la codecisión relativa a las reglas y a la coobligación resultante». Y añaden: «A falta de ese vínculo, no se puede considerar el uso como verdaderamente común. El gobierno de un común impone un doble deber: de no atentar contra el derecho de otros usuarios y el de conservar la cosa colectivamente gestionada. Esto procede de la coobligación que une a los gobernantes de un mismo común» (Op. Cit., págs. 541-2)

3. Lo común como principio de emancipación.

Llevan razón Laval y Dardot cuando observan que la relación de fuerza en el mundo del trabajo es tan desfavorable a los asalariados que la desindicalización ha ganado cuerpo en las empresas privadas y, como es lógico, la precarización ha tocado el corazón de la clase trabajadora. El capital parece haber sometido a los trabajadores hasta tal extremo de que ya no parece posible ningún combate en el terreno del capital.

La cuestión que se plantean es cómo los asalariados podrían encontrar la fuerza suficiente para recuperar una autonomía de representación y un poder de lucha a falta de organizaciones sindicales poderosas. Únicamente será mediante la acción colectiva (la acción común) y el trabajo crítico como podría surgir una nueva conciencia colectiva. A pesar de su debilitamiento en afiliación, las organizaciones sindicales deberían desempeñar un papel fundamental pero no como “sindicatos de servicios” sino como sindicatos que disputan a la patronal la hegemonía ideológica y su monopolización del poder respecto a la forma de trabajo y la finalidad de la producción. Lo que le da al sindicalismo su verdadera significación es oponerse con contundencia a la lógica de la acumulación y a las formas de dominación que dicha lógica impone a su actividad.

No puede ser que el trabajador tenga que dejar por completo sus valores morales, su sentido de la justicia, su relación con lo colectivo, su pertenencia social, en la puerta del trabajo. De ello es sumamente consciente el capitalismo hasta el punto de haber llevado la individualización de la relación laboral hasta la ruptura de los convenios colectivos. Rompiendo la negociación colectiva el capitalismo logra inocular en el seno de los asalariados la rivalidad y la competencia y, al mismo tiempo, pretenden movilizarlos por un «pseudo-patriotismo de empresa».

Sin embargo, todo trabajo supone un “colectivo”: se trabaja siempre con otros. Pero por “colectivo” hay que entender algo que va mucho más allá de una agrupación o suma de individuos en un mismo lugar; hay que comprender lo “instituido” en el trabajo: en él se establecen vínculos de camaradería, modos de coordinación y cooperación y, sobre todo, reglas tácitas de ayuda mutua y connivencia entre los asalariados. Cornelius Castoriadis afirmaba que la empresa capitalista siempre se enfrenta a una contradicción fundamental: por una parte, la empresa solicita la movilización y participación de los asalariados (es cuando les dicen “somos una gran familia”) y, por otra, los reducen a meros ejecutores que obedecen una lógica que permanece ajena al cumplimiento de su actividad. Por esta razón sostenía Castoriadis que la acción política en el campo del trabajo tiene que pasar de una cooperación forzada a una actividad autoorganizada y autodeterminada. (La experiencia del movimiento obrero, Tusquets Editores, Barcelona, 1979, 2 volúmenes).

Los trabajadores, los asalariados, tienen que despertar de la “anestesia” actual y darse cuenta de que la lucha contra el trabajo alienado y explotado sigue siendo el objetivo de su liberación en el trabajo. Pues la jerarquía reinante en el ámbito del trabajo no tiene nada que envidiar a las estructuras burocráticas del ejército o de la Iglesia: para hablar con el “jefe” hay que pedir permiso y articular “gestos” propios de la dependencia. Esta subordinación no sólo tiene efectos en el propio trabajo, en la “motivación” del trabajador, sino también en la vida social en su conjunto: el trabajador busca compensar la frustración que le produce la sumisión laboral en el consumo. Y como crece la precarización laboral y el salario de pobreza germinan como hongos los comercios “low cost”.

Lo común es una de las vías para contrarrestar los efectos de la dominación jerárquica en el trabajo. Volver a situar en el centro de la lucha sindical la cuestión de la organización del trabajo es la única respuesta que se puede aportar a las estrategias políticas del “management” neoliberal. Es obligado que los trabajadores-asalariados participen en la elaboración de las reglas del trabajo y en las decisiones que afectan a la empresa y a ellos. Instituir lo común en el corazón de la empresa para liberar la dominación del propietario (o propietarios) del capital convierte al centro de trabajo en una institución democrática. Y también es la condición para que los asalariados reorganicen el trabajo sobre bases auténticamente cooperativas.

Liberar al trabajo del poder absoluto del capital únicamente es posible si la empresa se convierte en una institución de la sociedad democrática y no siga siendo un islote de la autocracia patronal y/o accionarial. La tarea es: «hacer que la república entre en la empresa». Esta idea es vieja: la invocaban republicanos y socialistas con el fin de liberar a los trabajadores del yugo del capitalismo. ¿No sigue estando vigente? Sigue siendo preciso extender la democracia en el marco de la empresa: no habrá ciudadanía económica si no es viable llevar la democracia a la vida económica. Ver en este punto el reciente trabajo de Jean-Louis Laville, Asociarse para el bien común, Icaria, Madrid, 2015.

Laval y Dardot recurren a una aseveración de Marc Sanguier: «No se puede tener una república en la sociedad mientras tengamos una monarquía en la empresa» (M. Sanguier, Discours, Tomo 2, Bloud, París, 1910, pág. 71). El trabajador no solamente debe tener derecho al voto en las elecciones sino también debe poder participar en la dirección de la empresa en la que trabaja. Y, como decía J. Jaurès, los economistas deben dejar de ser «celadores de la monarquía». El capitalismo, en este punto, ha permanecido inflexible: la dominación es el núcleo del sistema y toda democracia en la empresa es inaceptable para dicha institución puesto que la considera su propiedad exclusiva. La soberanía absoluta del propietario continua siendo el principio dominante del contrato de trabajo, cuya ejecución sigue estando enteramente bajo su mando. Sin duda alguna, el derecho al trabajo ha progresado, se han promulgado “estatutos de los trabajadores”, pero lo esencial de la dominación del capital ha permanecido inalterable: el vínculo de subordinación del asalariado que lo vincula a la empresa permite privarlo de sus derechos mientras se encuentra bajo el imperio del propietario. El trabajador llamado “libre” pierde en gran parte su libertad cuando entra en la empresa, pues queda sometido a la autoridad soberana: el propietario del capital. Y éste cree que tiene “pleno derecho” por la sencilla razón de que ha comprado su fuerza de trabajo.

Constituir un modo muy distinto de relaciones en esta institución empresarial es una cuestión decisiva para contrarrestar la hegemonía de la forma capitalista de dominación y de actividad social. A esta cuestión responden la empresa común, la economía social, la economía solidaria y la economía verde.

4. Nuevo paradigma económico: economía social, solidaria y verde.

Junto al modelo económico capitalista se trata de constituir la economía social: es la economía que pone en el centro de la empresa a la democracia y a la solidaridad. La economía social se caracteriza por el rechazo a someterse a la ley del beneficio y de la pura competencia. La economía social apunta a situar a la democracia en la economía y a desarrollar un vínculo social que ponga a la igualdad y a la solidaridad en el vértice de las relaciones económicas. La economía social vendría a probar que la materia económica no se reduce a la dualidad mercado-Estado, sino que es posible y viable, como afirma Jean-Louis Laville, alinearla en el asociacionismo que no persigue el afán de lucro sino el bienestar social.

No obstante, digamos que la economía social tiene que dar un salto sobre el cooperativismo clásico, ya que éste lamentablemente se ha visto obligado a disciplinarse a las reglas del mercado. Al padecer la competencia del sistema capitalista, terminó por adaptarse a los comportamientos utilitaristas de los consumidores que buscan el mejor precio. Lejos de favorecer “otra economía”, terminó por aceptar la carrera de los bajos precios y asumir, de este modo, las reglas del mercado puro y duro.

Como prevén Laval y Dardot, en la necesidad de hacer frente a la crisis fiscal del Estado de bienestar y a la competencia de países con salarios más bajos (dumping social), existe el riesgo de constituir la economía social como un «gueto de trabajadores pobres» que llevan a cabo actividades poco cualificadas, mal pagadas y de baja productividad. Para esquivar este peligro es necesario que la economía social se funde en la institución democrática del actuar común y en la producción de lo común como finalidad a la que se dirige la acción. Es fundamental luchar contra los objetivos exclusivamente financieros o contra las prácticas no democráticas en el seno de la empresa, es decir, tiene que imperar la lógica de lo común en su conjunto.

La salida del capitalismo sería entonces sinónimo de creación de la economía social que tenga en cuenta las aportaciones de la sociedad civil. Así quedaría plasmado que la búsqueda del beneficio no es la única motivación de la economía, que el hombre no es únicamente calculador, egoísta y maximizador de su propio interés y, sobre todo, quedaría demostrado que la democracia y la eficacia económica no son incompatibles. En definitiva, podría mostrarse que la cooperación y la solidaridad son mejores socialmente que la hipercompetitividad.

El planeta Tierra no da para todo: nada en él es ilimitado. No tiene el más mínimo sentido jugar con presupuestos económicos que suponen que los recursos naturales son infinitos y que la Tierra no sufre trastornos climáticos con esta carrera desaforada para obtener beneficios. Es urgente que junto a la economía social pongamos a la economía verde en el centro de nuestro programa político, esto es, una economía sostenible con el ecosistema natural y que nos permita armonizar desarrollo con bienestar para todos. Ni el medioambiente, ni la alimentación, ni la biodiversidad deben quedar sometidas a las garras de los grandes oligopolios económicos multinacionales porque no sólo alteran el orden natural sino porque, fundamentalmente, instauran nuevos métodos de “cercamientos” (patentes) que dejan a los pies de los caballos a millones de agricultores.

Conviene no perder de vista que lo común ha sido pervertido por el Estado: con el monopolio burocrático de los bienes comunes. De manera que el primer deber que tenemos por delante es devolver a la sociedad lo que le pertenece, lo que le corresponde, a saber, el control democrático de las instituciones de reciprocidad y de solidaridad. Si bien el Estado ha atenuado los efectos perversos de la propiedad de los medios de producción, ha asegurado el derecho absoluto de propiedad mediante la pacificación de las relaciones sociales. De este modo, el Estado social ha sido la respuesta al peligro de la revolución obrera, ha apaciguado el conflicto social, la amenaza de una revolución social, mediante la creación y administración de unos servicios sociales básicos para frenar la pobreza. Entendamos, la soberanía nacional del Estado no podía mantenerse sin una mínima solidaridad social entre clases. Esta experiencia se profundiza al finalizar la Segunda guerra mundial: quienes dispusieron entregar su vida para salvar a Gran Bretaña del nazismo no estaban dispuestos a aceptar ser una subclase en el orden social de postguerra. Es así como la burguesía dominante termina por aceptar la “socialización del aseguramiento” y la “igualdad de oportunidades”. Pero no podemos pasar por alto que es el Estado benevolente, de Providencia, el que fija las reglas de reciprocidad, de ayuda mutua y de reparto de la producción. No son los miembros de la sociedad los que se han dado a sí mismos instituciones que regulan sus relaciones. Lo común social supone fortalecer la democracia social, es decir, que los miembros de la sociedad se den a sí mismos instituciones que cubrirán sus necesidades fundamentales. Esto supone que ellos mismos gobiernan el proceso y lo regulan de acuerdo a “la puesta en común” que han hecho. Como vemos, se trata de transformar las Administraciones del Estado social en instituciones de lo común: cogobernadas democráticamente por los servidores públicos, sindicatos y asociaciones de usuarios con el objetivo de garantizar plenamente los derechos inalienables de ciudadanía. Como bien apuntan Laval y Dardot: «Para responder realmente a las “necesidades colectivas” conviene que éstas sean expresadas, debatidas, elaboradas por vías democráticas» (Op. Cit., pág. 588).

5. Los servicios públicos como instituciones de lo común.

La forma estatal de los servicios públicos no agota el sentido histórico de dichos servicios, de manera que hay que considerarlos como instrumentos del poder político pero también como servicios comunes de la sociedad. Además de ser instrumentos del poder público, estos servicios están destinados a asegurar la satisfacción de los derechos de uso y las necesidades de la población.
            Con el avance del neoliberalismo se ha instalado la sensación de que lo que se llama “reforma del sector público” en realidad es una mutación de la función social del Estado: precarización de los servicios y de las condiciones laborales de los servidores públicos, refuerzo de la arbitrariedad jerárquica, ataque a los colectivos que defienden el carácter público de dicho servicio como, por ejemplo, el personal de los hospitales, los profesores de la enseñanza pública, etc.

La cuestión que aquí abordamos es cómo transformar los servicios públicos para hacer de ellos instituciones de lo común destinadas a los derechos de uso común y gobernadas democráticamente. Se trata de concebir al Estado como garante último de los derechos fundamentales de los ciudadanos respecto a la satisfacción de las necesidades colectivamente consideradas esenciales y, por otra parte, que la administración de esos servicios sea confiada a órganos que incluyeran a representantes del Estado, pero también a los representantes de los trabajadores y de los usuarios al que están destinados dichos servicios. Los servicios públicos en realidad son “servicios de ciudadanía” cogobernados en cada nivel por los actores directamente concernidos por su instauración. Y para responder verdaderamente a las necesidades colectivas, como mantienen Laval y Dardot, «conviene que éstas sean expresadas, debatidas y elaboradas por vías democráticas».

El servicio público es la traducción de una necesidad objetiva que debe ser satisfecha. Ahora bien, ¿quién determina la necesidad del servicio? ¿Por qué dejar que sean los gobernantes quienes en exclusiva controlen el cuidado del servicio y evalúen la realidad de una necesidad y las modalidades de su satisfacción sin dar a los usuarios y a los agentes un poder de iniciativa, de control y de participación? Es preciso que el Estado no pierda el contacto con la población para saber cuáles son sus necesidades. Pero también para garantizar que los servicios no se desvirtúen y sean gestionados como empresas que convierten a los ciudadanos en clientes, hay que transformarlos mediante la creación de órganos democráticos que permitan a los profesionales y a los ciudadanos destinatarios de dichos servicios un derecho de intervención, de deliberación, de decisión, evidentemente dentro del respeto a las leyes generales y dentro del sentido de la misión propia de esta clase de servicios. Esta exigencia de democracia directa no debe ser ignorada porque, en efecto, abre la posibilidad de instituir servicios comunes a escala local, servicios que a su vez pueden formar parte de una red para, implicando a la población en la construcción de las políticas, devolver su sentido a la ciudadanía política y social. Y, por otra parte, esta democracia participativa podría no quedar reducida a lo “local” sino adquirir una dimensión regional y nacional.

El ejemplo de esta transformación de los servicios públicos en instituciones comunes que ponen Laval y Dardot es el de la remunicipalización de la gestión del agua en Nápoles: un servicio público local gobernado como un común. Convertido en un asunto de gobierno de los ciudadanos del municipio. El agua de Nápoles está gestionada por los representantes de los usuarios, de las asociaciones de ecologistas, de los movimientos sociales y de las organizaciones de trabajadores presentes en la empresa, junto a los expertos y representantes del ayuntamiento.

Devolver al servicio público su dimensión de común político tiene el sentido ejemplar de haber conjugado “bienes comunes” y “democracia participativa”. Todos sabemos que el deterioro de los servicios públicos no proviene sólo de la privatización de su gestión en manos de las multinacionales o fondos de inversión, sino también por el uso que ha hecho de la propiedad pública un sistema de partidos carente de control social sobre los mismos. Pues recuperar lo común y democratizar activamente el servicio nos permite evitar el clientelismo, el nepotismo y también la desviación de fondos para fines ajenos al propio servicio.

6. Los Derechos Humanos Universales por encima del imperium de las soberanías nacionales.

La Carta de las Naciones Unidas, del 26 de junio de 1945, en su artículo 76 c, establece entre sus objetivos básicos del régimen de administración fiduciaria «promover el respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos, sin hacer distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión, así como el reconocimiento de la independencia de los pueblos del mundo». En consecuencia, la Carta introduce de manera novedosa el principio de la protección de los derechos humanos a nivel internacional, más allá de las obligaciones de los Estados nacionales. Dichos derechos plasman en el campo jurídico exigencias morales pero el punto débil de los mismos es que carecen de fuerza coactiva a nivel internacional y, en consecuencia, los Estados nacionales, en virtud de su soberanía, son proclives a incumplirlos cuando apelan a la razón de Estado. ¿En qué medida los derechos humanos pueden convertirse realmente en un eje del derecho a escala internacional, capaz de imponerse a los Estados y de estructurar la acción de las instituciones internacionales e intergubernamentales? ¿Cómo asegurar su cumplimiento sin cuestionar a los Estados nación? Sólo desde la codecisión de cada uno de ellos puede surgir la coobligación de mantenerlos. De lo contrario, la “universalidad” de los derechos humanos estará absolutamente condicionada a los distintos intereses nacionales. La única manera de implantar realmente estos derechos y de obligar su cumplimiento es que la resolución de adoptarlos sea de abajo hacia arriba, esto es, vía democracia participativa.

No obstante, tras la crisis financiera se ha vuelto muy evidente que la gobernanza neoliberal de los grandes oligopolios multinacionales y de los Estados, coordinada por organizaciones internacionales del tipo FMI y/o la OMC, está constituida precisamente para no cambiar nada e incluso para agravar los problemas. Al tiempo, crece la expectativa colectiva a favor de medidas globales que estén a la altura de lo que está en juego; por ejemplo, lo estamos viendo en los planteamientos sobre el cambio climático. El lema «el clima no se negocia» responde a estas exigencias. El objetivo común de que para finales de siglo la temperatura de nuestro planeta no se incremente más de dos grados respecto a los niveles preindustriales es un destino ineluctable. Es una meta que se encuadra en la denominada «justicia ambiental». En consecuencia, se está abriendo camino la idea de que es prioritario implantar un “derecho común mundial” que no nazca desde arriba sino desde abajo: que vaya de lo local a lo global.

El gran obstáculo para mundializar los derechos humanos procede de las políticas neoliberales, las cuales “organizan” el mundo de acuerdo con las reglas de la competencia, las estrategias de depredación de los recursos naturales y lógicas de guerra, y no según los principios de cooperación, solidaridad y justicia social. Como con razón afirma Alain Supiot, el dogma neoliberal se guía por el «darwinismo normativo» que busca que los sistemas jurídicos compitan entre ellos con la finalidad de seleccionar a los más aptos para proporcionar al capital las condiciones de su propio desarrollo y facilitar, de este modo, la acumulación. Actúa para abatir las barreras jurídicas y las protecciones sociales que “estorban” la obtención de los máximos beneficios (L`Esprit de Philadelphie. La justice sociale face au marché total, Le Seuil, París, 2010, pág. 64 y ss.).

En la actualidad, el mercado predomina sobre el derecho internacional y, como corolario, favorece en todas partes el dumping social. Es imprescindible pasar del “mercado del derecho” a la imposición del derecho de los comunes, cuya finalidad es garantizar la protección de los derechos humanos a nivel mundial. El orden mundial no puede estar moldeado por el interés del capital. Así pues, la tarea política consistirá en ampliar el dominio de los bienes comunes de la humanidad para vincularlos a los derechos fundamentales. Lo que se trata de garantizar no son sólo “bienes” en sentido de cosas, sino el acceso a condiciones, a servicios y a instituciones. Salud, educación, alimentación, alojamiento y trabajo son contemplados entonces como derechos fundamentales inalienables que hay que universalizar en la práctica. Por lo tanto, los derechos fundamentales y los bienes comunes se definen recíprocamente.

Como sabemos, la Declaración Universal de los Derechos Humanos en los artículos 1 al 21 inclusive recoge los derechos de “primera generación” que son los derechos a las libertades individuales y los derechos de carácter cívico. En todos estos artículos se lleva a cabo una síntesis entre los valores de la tradición liberal y la tradición democrática. Su objetivo es preservar la esfera íntima y privada de las intromisiones y manipulaciones del poder del Estado. Ahora el Estado debe estar obligado por ley en convertirse en el primer garante del respeto público a esta libertad de los individuos. Estos derechos y libertades de la primera generación fueron completados con una “segunda generación” de derechos: los derechos económicos, sociales y culturales. A diferencia de los de la primera generación, estos últimos requieren una política activa de los poderes públicos encaminada a garantizar su ejercicio, puesto que se realizan a través de las prestaciones y servicios públicos en el orden económico, social y cultural.

Mientras que los derechos civiles y políticos especifican el valor de la libertad, los derechos de la segunda generación desarrollan las exigencias de la igualdad, entendida como igualdad económica y social. Entre estos derechos se encuentran:
   - El derecho a la seguridad social (artículo 22).
  - El derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a las condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo (artículo 23, 1).
   - El derecho a un igual salario, sin discriminación alguna (artículo 23, 2).
  - El derecho a fundar sindicatos y a sindicarse para la defensa de sus intereses (artículo 23, 4).
   - El derecho al descanso y a las vacaciones pagadas (artículo 24).
  - El derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar (artículo 25).
   - El derecho a la educación (artículo 26).
   - El derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten (artículo 27).

La introducción y el reconocimiento de todos estos derechos marcan el paso del Estado liberal al Estado social de derecho. Y notemos que en el artículo 28 de la Carta se promulga la globalización de los mismos: «Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos». El objetivo de esta universalización no es otro que el de promover una especie de ciudadanía universal encaminada a la igualación universal de las oportunidades mediante una redistribución supranacional, global, de los recursos.

Ahora vemos con toda claridad que la imposición de la lógica de los mercados - que es el marco del FMI y la OMC- se dirige contra la lógica de los derechos humanos fundamentales. En conclusión, es ineludible combatir la colaboración de los Estados nacionales al dictamen de la racionalidad capitalista y, por consiguiente, tenemos que encaminarnos hacia una federación de los comunes y hacia un federalismo a escala internacional.

7. Federalismo intraestatal e interestatal de los comunes.

En su obra Del espíritu de las leyes, Montesquieu aquilata la primera definición de la república federal:

«Esta forma de gobierno es una convención, mediante la cual diversas entidades políticas se prestan a formar parte de un Estado más grande, conservando cada una su personalidad. Es una sociedad de sociedades, que puede engrandecerse con nuevos asociados, hasta constituir una potencia que baste a la seguridad de todos los que se hayan unidos» (Op. Cit., Editorial Heliasta, Buenos Aires, 1984, pág. 163).

Vemos que Montesquieu entiende a la federación como una «sociedad de sociedades», un pacto que hacen las partes en condiciones de igualdad (“pacto entre iguales”) y que se coobligan a cumplirlo en los términos que fija el convenio común. Pone el ejemplo de la república de Holanda donde una provincia no puede pactar alianzas, de ningún género, sin el consentimiento de las demás provincias. De este modo, el concepto de dominium soberano de cada una de las partes firmantes del convenio pierde fuerza política, ya no es un “absoluto” incondicionado porque la naturaleza del pacto no se lo permite. Y, por otra parte, aunque Montesquieu no lo dice explícitamente, la federación de la que habla tiene las siguientes características: a) una forma “republicana” de gobierno; b) el Estado concebido como asociación de Estados; c) la república federativa entendida como constitutiva de una sociedad de ciudadanos; d) y la posibilidad abierta a una ampliación de la república federativa con nuevos asociados.

Ahora bien, lo que nosotros proponemos federalizar no sólo es de naturaleza política - el federalismo intraestatal, es decir, entre naciones y/o regiones para formar un Estado federal, y el federalismo supranacional o interestatal-, también es de naturaleza económica: la federalización de los comunes. El federalismo debe realizar la combinación de las dos formas de democracia: la democracia política y la democracia económica y social. Este modelo de federalismo nos parece sumamente interesante porque articula proporcionalmente los dos campos: el político y el económico-social. Lo que no puede ocurrir es que a la descentralización política le corresponda la centralización económica. Si queremos superar las anomalías del Estado liberal, sea unitario o federal, tenemos que encaminarnos hacia una federalización en las dos dimensiones. En un sistema auténticamente federal, el poder no emana de arriba sino que se reparte en un plano horizontal, de tal manera que las unidades federadas limitan y controlan sus poderes respectivos. Para que no se pueda abusar del poder es preciso que, por disposición de las cosas, el poder frene al poder. Esta relación horizontal establece: 1) que los comunes sociales y económicos se constituyan con independencia de las fronteras territoriales, es decir, se constituyen como tales únicamente atendiendo a las necesidades que dan satisfacción; así, por ejemplo, un común fluvial o forestal puede atravesar fronteras administrativas de una región o de un país pero nadie puede apropiárselo: regionalizándolo o nacionalizándolo; 2) los comunes políticos, por el contrario, se constituyen de acuerdo con una lógica de integración creciente de los territorios de unos a otros.

Obviamente, aunque no he hablado de ello, toda esta propuesta de federación de los comunes es irrealizable en la práctica si no contamos con una cultura federal en su base. ¿Qué significa ello? Al menos, una primera instancia: que la verdad está repartida y sólo accedemos a ella democráticamente. Y nuestra tarea es desembarazarnos para siempre del unilateralismo y de la lógica binaria que huye de las contradicciones y de las complejidades. Como afirma Edgar Morin: «La verdad total es un error total» (Enseñar a vivir. Manifiesto para cambiar la educación, Nueva Visión, Buenos Aires, 2014, pág. 18). La aventura de la vida es navegar en las aguas de la incertidumbre y el peligro mortal de nuestras vidas es la incomprensión del otro. Supongo que éste es uno de los principios del federalismo de los comunes.

8. Del laicismo liberal al laicismo socialista.

En su breve pero profundísimo ensayo, ¿Qué es la Ilustración?, Inmanuel Kant, en respuesta a esa la interrogación, recurre al lema «Sapere aude!», “¡Atrévete a pensar!”. El mandato es un imperativo, pero no un imperativo hipotético, esto es, condicionado para otro fin, sino un imperativo categórico, es decir, absoluto o no condicionado a otra cosa. Y si es un mandato es porque Kant piensa que de hecho no todo hombre piensa por sí mismo. Es más cómodo que otros piensen por él. Quien opta a renunciar a tener un pensamiento propio adopta el tutelaje. Lo que está a mano, entonces, es la renuncia, el abandono tanto del pensamiento como de la libertad: o bien subsumimos nuestro ser en nuestra naturaleza biológica, o bien abandonamos nuestro ser a una naturaleza divina, cuya expresión más feroz es el fundamentalismo sea cristiano o musulmán.

Únicamente pensando somos capaces de diferenciar entre opinión, creencia y convicción y, por tanto, ser conscientes del alcance epistemológico de nuestros enunciados. Y sólo pensando por nosotros mismos es como averiguaremos si realmente tenemos acceso al saber, esto es, a un modo de conocimiento racional y comunicable dado que todos participamos en la misma comunidad de fundamento.

Pues bien, el laicismo se incardina en este ideal de autonomía, cuya condición necesaria, aunque no suficiente, es pensar por uno mismo y no donar, como fin último, la libertad a nada ajeno a uno mismo. Dicho en términos kantianos, hacer real que cada uno de nosotros es un fin en sí mismo. De tal forma que libre no sólo es aquel que no sirve a nadie sino, y principalmente, aquel a quien nadie le sirve.

El laicismo, en principio, nace como propuesta de erradicar de toda tutela clerical al Estado, a la sociedad y a la escuela pública. Hablamos de emanciparnos de la “tutela clerical” y no de rechazar la fe o negar la religión en cuanto tal. Este es el favor que hace el laicismo a la religión: liberarla de la sumisión clerical. La religión no pertenece al clero. Ni autonomía ni laicidad significan supresión de la fe; antes bien, lo que afirma el laicismo es que debe separarse lo que pertenece al ámbito del saber (racionalidad) y lo que forma parte de la fe (creencia). La actividad humana tiene las siguientes dimensiones: a) la estrictamente íntima; b) la privada/privada como lo es el ámbito familiar; c) la privada/pública como lo es la esfera de la radio, de la televisión, de una plaza; y d) la pública/pública como es la esfera estatal. Pues bien, a lo que se opone el laicismo bien llevado es al enquistamiento de la religión en el aparato del Estado. Separar Iglesia y Estado no significa de suyo enclaustrar la religión en el ámbito privado/privado. Es evidente que la sociedad no se ha emancipado de la tutela religiosa, pues es obvio que aún perdura el clericalismo moral que no concibe otro fundamento para la moral que la religión. La religión regula la moral y ésta a la sociedad. Paradójicamente, todo esto ocurre dentro de Estados “jurídicamente” independientes de la religión o, más exactamente, de la Iglesia. En el caso de España, a diferencia de Francia, la religión entendida como catequesis perdura en la escuela pública.

¿Qué significa esta injerencia de la religión en el Estado, en la sociedad y en la escuela pública? Significa que una “parte” pretende dominar al “todo”: los poseedores de la fe quieren apropiarse de aquello que pertenece a todos, es decir, no únicamente a los creyentes, sino también a los agnósticos y a los ateos. La religión es un conjunto de dogmas no compartidos por todos ni tampoco existe, por fortuna, el deber de compartirlos, y tanto el Estado, la sociedad y la escuela son el espacio de lo común, de lo público, esto es, sujeto a la universalidad del derecho. El problema surge cuando el derecho a la diferencia pretende mutarse en diferencia de derechos y, en consecuencia, postular la preeminencia de una parte de la sociedad -por muy mayoritaria que sea- sobre otra. El ideal de laicidad es que nadie esté por encima ni por debajo: ni la parte apropiarse del todo ni el todo aniquilar o anular a la parte. Cualesquiera de estas posturas vienen a negar la idealidad de la dignidad humana, es decir, la obligación moral de respetarnos como fines en sí mismos.

Pero, ¿se agota el laicismo en este combate contra la apropiación de la religión de esferas que de suyo no le pertenecen? Pienso que no. Esta es una forma de laicismo muy ligada al liberalismo: aquella que establece que la religión ha de recluirse al ámbito de lo privado. Es un tipo de laicismo ligado al concepto liberal de libertad: la libertad de o, como la define Isaiah Berlin, “libertad negativa”: libertad de expresión, de pensamiento, de creencia, etc. A esta libertad pertenece la libertad religiosa, esto es, librar al hombre de la imposición de una religión determinada. El laicismo, en sus comienzos, se entendió como una corriente ilustrada que trataba de llevar a cabo este sentido de libertad, es decir, de secularizar al Estado y la esfera pública.

Sin embargo, imaginemos que existiera de hecho esta escrupulosa separación entre Iglesia y Estado, que la sociedad hubiera diferenciado con nitidez religión y moral y sus reglas de convivencia se constituyeran a partir de una ética no fundada en la religión -es más, que su ética no incorpora ningún rasgo de religión secularizada- y que, por último, la escuela pública estuviera libre en sus contenidos didácticos de la esfera de la fe. Aun así, ¿el laicismo hubiera cumplido su destino? No, si bien mucho mejor andarían las cosas.

Además del laicismo liberal, hay otro laicismo que implica liberación. Decíamos que el laicismo liberal es necesario pero no suficiente. ¿Por qué? Porque sólo opera con el modelo de libertad negativa, esto es, es una libertad que no incorpora a todos los hombres en el reino de la humanidad. No se esfuerza en ello porque ha banalizado la pobreza, la exclusión, la desigualdad, esto es, ha caído en las garras de un utilitarismo dispuesto a sacrificar a una parte de la humanidad. Para el liberalismo y más aún para el neoliberalismo hay una supremacía a la que el hombre está encadenado: el Mercado. ¿Se avienen tanto el liberalismo como el neoliberalismo al proyecto ilustrado tal como lo diseñara Kant: la humanidad como un reino de fines en sí? A mi juicio, no, y el laicismo, como parte esencial de ese proyecto, no debe permanecer en silencio ante semejante atentado contra la humanidad. Para el laicismo liberal el mercado -el mercado capitalista- no es enemigo de la idea ilustrada de hombre. Para este tipo de laicismo bien puede ocurrir que la escuela pública se convierta en el “perro guardián” del poder financiero. De hecho, es lo que está ocurriendo actualmente y puede ir a más.

El sistema capitalista salvaje vuelve imposible la autonomía económica y esta modalidad de laicismo banaliza el sufrimiento ajeno y naturaliza a las víctimas del sistema a través del olvido. Estas sociedades pluralistas y “laicas” elevan cada día más el número de personas a las que le aseguran que no tendrán futuro, ni ellos ni sus hijos, que serán “carne de cañón” y habitarán en “pequeños Sowetos” sin posibilidad de salida. Toda esta aberración es perfectamente compatible con el laicismo liberal. ¿Cómo vamos entonces a cohesionar estas sociedades? ¿Cómo vamos a superar la balcanización de la sociedad que se genera por razones económicas, sociales, etc.? No pasemos por alto: el ideal ilustrado es universalizar sin excluir. He aquí la carencia del laicismo liberal.

La exigencia de autonomía plena pasa por emancipar al hombre no sólo de la religión sino principalmente del mercado. El libre mercado asegura la libertad de la mercancía y el encadenamiento del asalariado. El fundamento de la alienación religiosa, decía Marx, es la alienación económica: la explotación. Ésta es la constante del capitalismo y hasta que no superemos ese marco de dominación y acumulación de riqueza no habrá ni libertad real ni igualdad real. Forma parte del laicismo desapropiar a la religión de lo que es común y extirpar la apropiación privada de los bienes comunes. Esta forma de laicismo, que no anula al liberal sino que lo culmina, es el laicismo socialista.